Tour de Francia 2017: Las escapadas más famosas

Tour de Francia 2017: Las escapadas más famosas
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El diccionario da varias definiciones de la palabra "escapar". La que se refiere a deportes, no es del todo satisfactoria. "Dicho de un corredor: Adelantarse al grupo en que va corriendo". Así de frío y breve. Paradójicamente, buscando en las otras definiciones es cuando encontramos el verdadero meollo de este acto esencial del ciclismo. "Salir o alejarse del alcance de alguien."

Es exactamente eso, una escapada en el Tour de Francia. Un espacio de libertad, quedando fuera del dominio y del alcance de todos. Pero un corto espacio, sí, que solo en raras ocasiones deja la puerta abierta hasta el final. Hasta la victoria o la gloria. Pero cuando la puerta está abierta... El Tour de Francia, el guión más formidable de todos, nunca es tan grande como cuando le da la vuelta al destino. Es entonces cuando ofrece su pleno potencial.

Aquí encontrará cinco historias descomunales cuyo punto en común es haber cambiado la carrera y marcado las vidas de aquellos que los vivieron. También comparten circunstancias excepcionales, a veces improbables, que ayudaron a hacer creíble lo improbable. Cuando la audacia de los hombres se cruza con el momento idóneo, todo es posible.

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Capítulo 1. Del Tour de Walko al Tour de Pereiro

1956-2006. Con medio siglo de diferencia, dos ciclistas se convirtieron en campeones por conjunción de circunstancias excepcionales. En forma de escapada, que aunque no explica por si sola su consagración, fue el elemento detonador improbable. Por ello, Roger Walkowiak y Óscar Pereiro están unidos para siempre en la gran historia del Tour de Francia.

Sin embargo, hay algo paradójico que se debe destacar. Subrayar su audacia, contar esta ruta inusual a la gloria, es de alguna manera encerrarlos en una historia demasiado simple. Como si se convirtieran en prisioneros de su escapada liberadora. Esto es especialmente cierto en el caso de Walkowiak. Walko, el pequeño corredor francés de 29 años, del pequeño equipo regional Noreste Centro, con mínimos títulos a sus espaldas, con demasiada frecuencia es visto en la posteridad como un intruso en el palmarés.

¿Su error? No haber logrado el Tour 1956 al pedal, en los escenarios habituales, en las cimas altas o en las contrarrelojes. No, Walko no es ni Coppi ni Merckx. ¿Pero dónde está escrito que solo hay una manera de ganar el Tour? Él, en la séptima etapa entre Lorient y Angers, rompió con todos los códigos. 31 corredores en una escapada fluida, dejando relegados el pelotón y los favoritos a 19 minutos. Fue el punto decisivo de aquel Tour y de la vida de Roger Walkowiak. Pero el maillot amarillo, se lo ganó en todas partes, sin perderlo en ningún lugar. En esta escapada, en las montañas, en las etapas llanas, en las cronos. Para describir su victoria, se dice rápidamente un "Tour a lo Walko".

50 años más tarde, cuando Óscar Pereiro apareció de la nada a la salida de los Pirineos, todo el mundo pensó en Walkowiak. La historia del español es aún más increíble. En ese Tour de 2006, soñaba al empezar con "un lugar en el Top 5". Pero sus ambiciones se fueron abajo durante la etapa 11, la del Pla de Beret, después de la cual se quedó a... 28 minutos del maillot amarillo, Floyd Landis. Una pesadilla:

" Con el calor, la intensidad del Tour, tuve una jornada terrible. Ya me puedo ir a casa, soy inútil en este Tour, soy una mierda... Es una gran decepción. Estaba hundido. Fue una bofetada mental. En ningún momento, me dije a mí mismo que podría recuperar el tiempo perdido" "

Y sin embargo... Dos días más tarde, orquestó un increíble giro de 180 grados. La historia de su redención comienza la misma noche del desastre del Pla de Beret. Al llegar al hotel, dice, "comenzó a cambiar mi estado de ánimo. Vi a unos aficionados que habían venido de Galicia, y al día siguiente me dije a mí mismo que yo iba a jugármela todos los días." Pero entonces tenía en mente una "victoria de etapa", no el "maillot amarillo". Óscar se ríe: "Si alguien me hubiera dicho antes del Tour 'vas a perder media hora en los Pirineos, la vas a recuperar en el llano y vas a ganar el Tour'... Obviamente, yo no lo habría creído. Me habría parecido una broma".

Pero la broma empieza a tomar forma en la carretera de Montelimar. Una de esas etapas que llaman de transición. Óscar Pereiro se integra en un grupo masivo de ciclistas, con Sylvain Chavanel, Andrei Grivko, Manuel Quinziato y el eterno Jens Voigt. "Era una etapa larga, hacía mucho calor... Los equipos no querían forzarse para controlar la carrera. Así que estábamos casi convencidos de que la escapada iría hasta el final", recuerda el ex-integrante de Caisse d'Epargne.

Pereiro es el mejor situado en la general, pero tan lejos que no hay ninguna urgencia. Una vez dada por sentada la abdicación del pelotón, la brecha empieza a aumentar rápidamente y en proporciones alucinantes. Voigt se acuerda entonces de una discusión de broma. "Con 15 minutos de ventaja, fui a ver a Pereiro y le dije 'Hey, Óscar, tú vas a terminar con el maillot amarillo, sería muy gracioso, ¿eh?' Y él me respondió: 'Sí, eso sería muy divertido'. Pero lo dijeron de broma. Nadie, y mucho menos él, se imaginaba que iba a suceder realmente".

Unas horas más tarde, Voigt y Pereiro se disputaron la victoria de etapa en Montelimar. El alemán ganó sin dificultad el duelo. "Yo esprinté, pero ya no tenía fuerzas", explica el español. "Me exprimí al máximo durante los últimos kilómetros para conseguir el maillot". "Fue la mejor victoria de mi carrera", dice Voigt. "Pero Óscar tenía el maillot amarillo. Estaba feliz por él, es alguien a quien aprecio mucho". Dos ganadores y un ejército de perdedores: el pelotón cruza la línea con una diferencia de 29 minutos y 57 segundos. Un auténtico suicidio colectivo. "Ese día, un chico como Klöden perdió el Tour", explica Jens Voigt. Si hubiese puesto su equipo a correr 10 o 15 km, se hubiera vestido de amarillo en París".

En Montelimar, todo el mundo le habla a Óscar Pereiro de un nombre que no le dice nada. "No conocía a Roger Walkowiak antes de 2006. Sin embargo, me contó su historia él mismo", sonríe. Como Walko, él ganó el "Tour a lo Pereiro". Sin embargo, tuvo que ganar otro pulso, posterior al Tour. En París, el español terminó segundo detrás de Floyd Landis, antes de recuperar el título en la alfombra verde tras el control positivo del estadounidense. Pero fue en Montelimar cuando forjó su destino inusual.

Walkowiak y Pereiro deben su lugar en la historia a su sentido de la oportunidad y la iniciativa. Esta es la gran virtud de la escapada. Abre perspectivas a veces inimaginables. Magníficos oportunistas en la carretera, Walko y Pereiro también han estado sobre el escalón histórico. El francés logró colarse entre el triplete de Bobet y el inicio de la era Anquetil. Pereiro, firmó la transición entre los años Armstrong, que quedaron bloqueados, y el advenimiento de Contador, el nuevo personaje central del Tour. Los Tours de 1956 y 2006 eran corazones libres, sin jefes, que buscaban sus héroes. Fue Walko. Fue Pereiro.

Capítulo 2. El descalabro de Futuroscope

"¡Se han vuelto locos!". El titular de los periódicos del día siguiente de lo que permanece como uno de los más formidables descalabros de la era moderna resume bastante bien la escapada de Futuroscope y su impacto en el Tour de Francia de 1990. Entre el prólogo del sábado y la contrarreloj por equipos del domingo por la tarde, esta corta media etapa del domingo por la mañana, cerca del parque de atracciones de La Vienne, tenía todos los elementos para sembrar la discordia. Y se cumplieron las predicciones.

Al comienzo de esta 77ª edición, los seguidores esperaban la venganza del legendario duelo entre Greg LeMond y Laurent Fignon, arbitrado por Pedro Delgado, o el ganador del Giro Gianni Bugno. La suerte estaba echada. Cada uno en su papel. Sin embargo, la partida se vio violentamente reiniciada por el Futuroscope. Una verdadera trampa para el pelotón.

Cuatro hombres fuera. Frans Maassen. Steve Bauer. Ronan Pensec. Claudio Chiappucci. Nadie los volvió a ver. Detrás, un pelotón replegado. Nadie quería tirar del carro. La perspectiva de la contrarreloj por equipos de la tarde paralizó a los favoritos. Iniciar la persecución tras una escapada, equivale seguro a pagar la factura en la contrarreloj. Resultado: un juego de tontos y, a la llegada, con 10 minutos y 35 segundos de ventaja para el grupo de cabeza. Una locura.

Porque la razón les debería haber llevado a rodar. Este cuarteto era demasiado peligroso. No tanto, Frans Maassen, es cierto. El holandés fue así el primer beneficiario de este sucio truco, ganando la etapa. Pero a largo plazo, es principalmente el trío restante lo que debía preocupar a los candidatos al triunfo. Steve Bauer, para empezar. El canadiense terminó cuarto en el Tour dos años antes. El gregario principal de LeMond en Z, Pensec, terminó 6º en 1986 y 7º el año siguiente. Estos dos son auténticos lobos solitarios. Después está Chiappucci. "No sabía nada de él, salió de la nada, no se pensaba en él como cliente", admite Ronan Pensec.

Se equivocó. El italiano estaba en fase ascendente. En el reciente Giro, acababa de ganar el maillot del mejor escalador. Y fue exactamente con esta idea en mente, sin segunda intención, como inició la famosa escapada de Futuroscope. "Sinceramente, explica este a quién ya nadie llama 'El Diablo', no pensé en ningún momento en la general. Si yo ataqué, fue por el maillot de lunares. Un maillot de leyenda, el más importante para mí después del maillot amarillo, que pensé que era demasiado grande, demasiado bueno para mí". Subestimábamos a Chiappucci. Él el primero.

Si esta escapada de Futuroscope fue ejemplar e increíble, fue porque cada uno de sus cuatro protagonistas logró un gran beneficio. La victoria de etapa para Maassen, y el maillot amarillo para los otros tres. Steve Bauer lo mantuvo nueve jornadas, hasta la entrada en los Alpes. A continuación, tomó el relevo Ronan Pensec en Saint-Gervais, que generó una falsa esperanza. "OK, para Ronan" cede entonces Greg LeMond, preparado para jugar la carta de Bretón. Pero aunque mantuvo el maillot al día siguiente del Alpe d'Huez, el mismo día de su cumpleaños, provocando una falsa expectativa, después Pensec se derrumbó en la contrarreloj de altura de Chamrousse. "Por la mañana, fui a reconocer la contrarreloj, me encontraba muy bien, tenía las piernas de fuego, explica Pinpin. Pero por la tarde, nada de nada, las piernas de algodón, como sopa de pan. Eso va así...".

Así es como Claudio Chiappucci, a 10 días del final, se hizo con el primer maillot amarillo de su carrera. "El momento en que cambió mi vida, dice el italiano. Entonces entendí la importancia del maillot amarillo. De repente tuve a todo el mundo encima mío, los periodistas, los aficionados... Uno no se puede ocultar una vez que tiene ese maillot". Con 6'55" de ventaja por delante de Erik Breukink y 7'30" sobre LeMond, el italiano todavía tenía bastante margen a la salida de los Alpes. "Pero no puedo decir que creyera en la victoria final, los otros tenían mucha más experiencia y yo, todavía estaba descubriendo quién era," comenta Claudio, como si todavía se sintiera en la piel de un intruso, de amarillo o no.

Ese Tour no lo ganó. El día antes de la llegada, Chiappucci cedió en la contrarreloj del Lago de Vassivière, dejando a LeMond rodar hacia su tercera coronación. Su lugar, inesperado tres semanas antes, sería convertirse en el sucesor de LeMond. Sin embargo, no fue en Vassivière ni en los Pirineos donde Chiappucci perdió el maillot amarillo, sino... Durante la jornada de descanso. El día después de asumir el liderazgo en Chamrousse, y la víspera de una etapa de media montaña en Saint-Etienne, que fue fatal. "Yo acababa de conseguir el maillot amarillo, y pasé toda la jornada de descanso con la prensa, los aficionados, con todo el mundo. Me distraje un poco. No entrené bien y lo pagué".

En Saint-Etienne, fue su turno de caer en una trampa. El boomerang de Futuroscope. El detonador fue... Ronan Pensec. "Salí escapado", narra el francés. "Los del Carrera (NDLR: el equipo de Chiappucci) rodaron y terminaron por alcanzarme, pero cuando llegamos a los montes de Forez, ya no quedaba nadie. Chiappucci estaba solo". Y Pensec explica tajante: "Si no hubiera estado en esa escapada, Greg nunca hubiera ganado ese Tour". De hecho, cuando LeMond lanzó la gran ofensiva, el maillot amarillo no le pudo seguir. En Saint-Etienne, perdió casi cinco minutos. Casi la mitad de su ventaja. Él conserva un recuerdo doloroso:

" "El gran problema fue mi equipo. Era demasiado débil. Yo estaba estresado porque me encontré en una situación de la que no tenía el control. Yo no estaba preparado para eso. Es una pena haber perdido casi cinco minutos en una etapa casi fácil... ""

Sin embargo, nada volvió a ser como antes para Claudio Chiappucci. Terminó sobre el podio del Tour los dos años siguientes, esta vez detrás de Miguel Indurain, ganó el maillot de lunares, pero también subió tres veces al podio del Giro y, sobre todo, ganó la Milán-San Remo.

Así que no se arrepiente. "Mi vida de ciclista cambió para siempre después de ese Tour, sonríe. Aprendí mucho sobre mí, me dio las respuestas que quería". Y Claudio admite que a veces se pregunta qué habría sido de su vida si, cerca de Futuroscope, no hubiera iniciado esta escapada...

Capítulo 3. Escapada, modo de empleo

Detrás del instinto, la audacia, la locura a veces, una escapada responde también y, sobre todo, a cuestiones inmutables. Por un lado, un puñado de hombres, o uno en solitario. Por otro lado, un pelotón de varias decenas de corredores. Una lucha en esencia desequilibrada.

Video - Tour de Francia 2017: ¿Cómo neutralizar una fuga? Así forma el pelotón para dar caza a la escapada

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A través de nuestro Sports Explainer, descubre esta organización a menudo milimetrada que, cuando entra en juego, deja poca esperanza a los escapados. Esto hace que sean aún más excepcionales los destinos de aquellos que sí tienen la oportunidad de llegar hasta el final con su escapada.

Capítulo 4. Marie volvió a ver su Normandía

234 kilómetros. 234.000 metros. Solo. Hasta la victoria. Thierry Marie tuvo su momento de gloria en el Tour de Francia. Sus momentos, incluso. Ganador de seis etapas (tres prólogos, una contrarreloj y dos etapas en línea), también es el único francés desde el final de la era Bernard Hinault que ha vestido el maillot amarillo en tres ediciones diferentes. Esta es su carta de presentación.

Pero su verdadera marca en la historia, se la debe al 11 de julio de 1991. En sus tierras normandas de camino hacia El Havre, se puso en marcha en una aventura totalmente demente. Solo contra los 234 hitos kilométricos, triunfó después de la escapada victoriosa en solitario más larga de las últimas siete décadas. Una jornada que rompió todas las normas. Y puesto que nadie está en mejores condiciones que Thierry Marie para recordarlo, son sus palabras, y solamente sus palabras, las que lo van a contar.

Infografía Longform escapadas Tour de Francia

"Debo hablar primero del Tour de Francia de 1986. Ese año, había perdido el maillot amarillo en Evreux, el mismo día en que entramos en Normandía. La alegría de cruzar mi región vestido de amarillo se fue por la borda. Lo viví con gran consternación, con un sabor amargo, y me lo había guardado en un rincón de mi cabeza.

Cinco años más tarde, volví a ganar el prólogo del Tour. Al día siguiente, lo perdí en beneficio de LeMond por el juego de las bonificaciones. Después de eso decidí esperar un poco. El Tour volvía a Normandía y, obviamente, lo vi como una oportunidad. Llegábamos a El Havre, y, a continuación, una etapa en Argentan y finalmente la contrarreloj en Alençon. Esa contrarreloj del 13 de julio, la había registrado con la esperanza de recuperar el maillot amarillo. Yo sabía que era capaz de realizar una gran contrarreloj. Esa era la idea. Sin embargo, dos días antes, le di la vuelta a todos mis planes. Fue un poco loco, sí...

Me encontré delante después de un esprint de bonificación. Me puse en marcha, rodé durante cinco kilómetros a tope. Estaba muy lejos de la meta y entonces me digo a mí mismo: '¿Qué hago? ¿Me dejo alcanzar o no?' A menudo me había encontrado en situaciones como esta y por lo general me dejaba alcanzar. Pero estaba en Normandía, en mi casa. Así que decidí tirar. Cuando me giré por primera vez, vi cabecear a Bernard Hinault en el coche como para decir que era una locura, que me iba a desgastar.' Seguramente no era el único que lo pensó entonces. Yo creí en la posibilidad, porque sentía que tenía buenas piernas.

Obviamente, eso significaba que le estaba haciendo una cruz a la contrarreloj. Una contrarreloj así, sin estar en igualdad de fuerzas con los demás, es imposible. Pero sentí que había una oportunidad. El día anterior, Rolf Sorensen perdió el maillot amarillo en una caída justo antes de la llegada. LeMond se encontró a la cabeza de la general, pero no quería llevar el maillot. Por eso, la estrategia del pelotón fue un poco especial, sin el equipo del maillot amarillo que tirara de él. Cuando me fui, el pelotón corrió la cortina. Así es como acabé teniendo 20 minutos de ventaja.

Excepto que los 50 kilómetros para el final, me vi obligado a rodar a tope, a 70 km/h, porque un tipo salió del pelotón y ya me había recortado cuatro minutos. Si me alcanzaba, ya no era lo mismo. Así que me vi obligado a acelerar 20 kilómetros antes de lo esperado, algo duro. Y realmente no fue hasta 10 kilómetros de la meta cuando supe que había ganado. Pero siempre creí en ello, todo el tiempo. El ciclismo es así, si no tienes la fortaleza mental, ni siquiera vale la pena intentarlo.

Además de la victoria de etapa, vestí el maillot amarillo por tercera y última vez en mi carrera. A los 5 kilómetros de la meta, Cerrille Guardia le dijo entonces a Bernard Quilfen "él piensa en el maillot amarillo, él piensa en el maillot amarillo!" Pero yo estaba tan cansado... Me dije, "estás bien, voy a pensar en ganar la etapa y ya veremos después lo del maillot. Pero logré el maillot amarillo, e incluso el de mejor escalador. ¡Fue una jugada perfecta!

En la meta, me fui dando cuenta de lo que había hecho. Pero estaba agotado. Apenas tuve tiempo de descansar y estaba tan rendido que me tuvieron que ayudar a subir al podio. Ya no me mantenía de pie, tenía miedo de caer entre la multitud.

Al día siguiente, casi me quedo por el camino. Hubo un ataque desde el principio, que rodó a 50 por hora y yo debía acercarme. Pero conservé el maillot un día más. Lo perdí en la contrarreloj, donde terminé 20º. No está mal teniendo en cuenta el contexto, pero no fui capaz de luchar contra los demás.

De todos modos, no me arrepiento. Incluso si hubiera ganado el maillot amarillo en la contrarreloj, no hubiera sido lo mismo. Hoy en día, ¿qué me queda? Tengo mis prólogos, pero eso no es suficiente. Para ser reconocido de forma permanente en el ciclismo, hay que ir a por todas, contar con gestas destacadas en tu C.V. Esta victoria me aportó mucho reconocimiento. Sí, fui un poco loco. Un poco kamikaze. No se puede ser vago para hacerlo. También hay que tener esa inquietud en la cabeza, tal vez.

Lo que conseguí ese día, mucha gente lo recuerda, incluso ahora que ya han pasado bastantes años. En Normandía, sobre todo, creo que marcó al público. Especialmente durante la etapa, cerca de Dieppe, empecé a cantar "Voy a ver a mi Normandía, este es el país que me dio a luz..." Esta imagen se quedó grabada en la población del lugar.

No sé si yo hubiera ganado esta etapa de no haberse disputado en Normandía. En Borgoña o en Bretaña, hubiera sido mucho más complicado. Recuerdo que una vez le pregunté a Laurent Fignon, 'pero joder, ¿tú tienes la misma motivación en el Giro de Italia, la Vuelta España, o cuando haces el Tour de Francia?' 'Evidentemente,' me dijo. Para él, el terreno no tenía ninguna influencia cuando quería algo. Yo estoy muy unido a mi país, a mi familia. Soy alguien muy sentimental y emocional, y el hecho de jugar en "casa" me ayudó mucho.

Durante mi último año profesional en 1996, quise dar el mismo golpe en la París-Niza. Y pronto me llamaron al orden. Al día siguiente, incluso tuve que abandonar. Para llevar a cabo una escapada como esa, no es suficiente con estar un poco loco. También hay que tener las piernas. En El Havre, yo las tenía".

Capítulo 5. Pontarlier, una jornada entre el infierno y la locura

Pontarlier. Tour de Francia. Tal combinación hace viajar inevitablemente la memoria hasta el 15 de julio de 2001. En el corazón de los años Armstrong, una escapada desmesurada, 14 corredores desafiaron el clima apocalíptico para formar una escapada de récord, ya que logró dejar el pelotón a casi... 36 minutos de ventaja al cruzar la línea de meta. Algo jamás visto. Como anécdota, todo el pelotón debería haber sido eliminado, ya que entraron fuera de tiempo. Pero la eliminación de 160 corredores de golpe no era una opción...

"Yo era un comentarista en aquella época, recuerda Christian Prudhomme. Con Bernard Thévenet y Jean-Paul Ollivier, no salíamos del asombro. La ventaja subió a 15 minutos, lo que ya es enorme, y luego 17, luego 20 y, al final más de 30 minutos... Nos preguntamos cuando se detendría".

Para alcanzar tales proporciones, deben suceder necesariamente circunstancias excepcionales. La primera vino de la mano de la meteorología. Jens Voigt, que llevaba ese día el maillot amarillo, que apenas se distinguía ya que todos los corredores llevaban sus impermeables, dando al pelotón un siniestro aspecto monocromático, tiene una palabra para describir el tiempo: "nefasto". "Fue terrible, explica el alemán, que no ha visto nada igual en su larga carrera. Hacía mucho frío, soplaba un fuerte viento y por supuesto, llovía a mares, de forma permanente." "Hubo incluso una especie de niebla", añade Prudhomme, dando un carácter más específico aún a la atmósfera del día.

Pero el cielo, cuando se agita a este nivel, a menudo se convierte en el aliado de los valientes. "Sí, el tiempo pesó, asegura Erik Dekker, que quedó para la historia como el ganador de esta etapa. Había visto el pronóstico el día antes y decidí que deberíamos intentar realizar una escapada. La lluvia, el frío, nunca es divertido, pero puede ayudar a ganar una etapa. Entonces, cuando el clima está podrido, mejor llegar antes ¿no? De esa manera te puedes secar antes. ¡Después de todo, Armstrong tuvo frío durante 35 minutos más que yo!

En este contexto, el pelotón no siempre quiere pelear. Por encima de todo, nadie tenía realmente interés. Este es otro factor desencadenante de esta escapada histórica, que llevaron a cabo 14 corredores. 14 ciclistas de 11 equipos diferentes. Buena suerte en encontrar la formación que inicie la persecución.

Como anécdota, esta escapada falló nada más iniciarse. Iniciada en el kilómetro 5, se encontró en su seno con un elemento perturbador, llamado Alexandre Vinokourov. "Era un gran problema para nosotros, ya que Armstrong nunca habría dejado fugarse a este grupo con Vino, demasiado peligroso para él. Afortunadamente para nosotros, él pinchó. Cuando vi eso, se me escapó un"síííííí", recuerda Dekker maliciosamente. Peleamos mucho para fugarnos y Vino no tenía nada que hacer allí".

Así es como estos 14 hombres se escaparon durante 215 kilómetros en una aventura compartida. Un día como ningún otro, "un poco aburrido, recuerda Dekker. Tuvimos tanta ventaja y estábamos tan lejos de la meta... Entre nosotros, nos reímos al ver aumentar la brecha hasta tal punto". El holandés, que había ganado tres etapas el año anterior, todavía puso aún más carne en el asador. Con 31 años, esa fue su última victoria en el Tour. La más memorable. Ese día, ganó el más fuerte. El más hábil también. "Erik era un corredor inteligente", sugiere Christian Prudhomme, antes de utilizar el símil futbolístico: "es uno de esos corredores, como algunos delanteros centro, que meten el balón en el fondo de la red cuando están frente a la portería. Así es exactamente Erik Dekker".

En el fondo, solo nos arrepentimos de una cosa de aquella etapa loca: a pesar de su lado extravagante, no fue suficiente para revertir la tabla. Pontarlier no engendró un Walkowiak o un Pereiro. Los años de Armstrong no toleraban semejante fantasía. Una lástima. Andrei Kivilev lo podría haber logrado. "No era muy conocido en ese momento, pero todo el mundo sabía que era un buen escalador, destaca Jens Voigt. Fue Lance, al cabo de un tiempo, quién dijo 'chicos, si damos demasiado espacio a Kivilev, será peligroso'. Por eso terminó poniendo su equipo a rodar." Esto parece irreal, pero si Kivilev no hubiera estado en la escapada, el retraso del pelotón hubiera sido muy superior a los 35 minutos ya impensables...

En Pontarlier, el kazajo de Cofidis se encontraba con casi 14 minutos por delante de Armstrong. "Francamente, dijo Erik Dekker sobre el kazajo, pensé que los favoritos estaban jugando con fuego". Aún delante de Armstrong a la entrada de los Pirineos, bajó del podio en la última contrarreloj para terminar cuarto en París. Por desgracia, nunca ha llevado el maillot amarillo en el Tour.

Capítulo 6. Thomas Voeckler, el brillante alborotador

Thomas Voeckler ha dejado huella en el Tour de Francia. Sin haberlo ganado, se ha convertido en todo un personaje. El ciclista decidió terminar su carrera este verano. “Atacó todos los años, llegó a vestir el Maillot amarillo, visitó el maillot de lunares... Thomas es el símbolo del ‘todo es posible’”, declaró Christian Prudhomme, revelando las huellas dejadas por el rey del sprint. Más allá de las fronteras francesas, “es muy querido también en el extranjero, todos lo saben. En el Tour de Yorkshire todos lo conocen. En Düsseldorf hay una exposición sobre los ciclistas del Tour, y pusieron a Albert Einstein, Mick Jagger y …. Thomas Voeckler. Los tres sacan la lengua”. Al pelotón, sin duda.

Hay cuatro categorías de maillot amarillo. Los grandes líderes, en primer lugar. Aquellos cuyo destino solo se escribe en letras de oro. Solo tienen el amarillo en la cabeza, a veces en sus genes. Junto a ellos, la mejor manera de vestir la preciada túnica es ser un súper especialista. Un rodador excepcional, susceptible de robar el prólogo, antes de aguantar el mayor tiempo posible. Luego vienen los velocistas. Los años de bonificación, pueden hacer su agosto la primera semana.

Luego están todos los demás. Los que no pertenecen a ninguna de estas oligarquías favorecidas en la lucha por el poder, ya sea efímera o duradera. Para este pelotón de abajo, la audacia es su única baza, la escapada la única solución. Condición sine qua non, pero rara vez suficiente. Para un aventurero, llevar el maillot amarillo durante medio Tour es casi un milagro. Thomas Voeckler ocupa un lugar especial en la leyenda de la prueba, habiendo vivido no una, sino dos veces esta improbable odisea.

Del despreocupado "Ti Blanc" de 2004 al Voeckler seguro de sí mismo de 2011, dos epopeyas de diez días en amarillo. La escritura de dos capítulos de la misma novela, una de un corredor casi como cualquier otro, que nunca soñó con llegar más alto que su sillín, pero sin abstenerse de nada tampoco. Dos capítulos bañados con dos tintas separadas. Ya que como nos indica el interesado, "el único punto en común entre estas dos aventuras, es la duración. Si no, no tendrían nada que ver".

Video - Los dos Tour en los que Voeckler hizo soñar a Francia por su combatividad

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En 2004, el Tour vivió más que nunca bajo el yugo de Lance Armstrong, pentacampeón en busca de un sexto título histórico, del que, sin embargo, no han quedado ni las cenizas. A los 25 años, Thomas Voeckler quedaba lejos de tales consideraciones y de semejantes infamias. Pero desembarca en el gran inicio de Lieja con el maillot del campeón de Francia. Unos días más tarde, es otro color el que será su gloria. Ese 8 de julio de camino a Chartres, el cielo, adornado de gris y empapado con agua, se cubrió de su apariencia otoñal. El día antes, Armstrong tomó el poder gracias a la contrarreloj por equipos, dominada por la máquina US Postal.

Este primer golpe de fuerza del tejano, fue la oportunidad de Voeckler. "Hubo disputa para fugarse, explica el alsaciano, y por un buen motivo: el US Postal había advertido que no querían defender el maillot amarillo. Recuerdo vivamente ver fugarse a Sandy Casar. Él tenía la reputación de amar estas terribles condiciones climáticas, era un valiente, eso no le asustaba. Era la rueda a seguir." Y entonces Voeckler la alcanzó.

Él no lo sabía aún, pero de este quinteto de fugitivos, donde también estaban Magnus Backstedt, Jakob Piil y Stuart O'Grady, era el mejor clasificado en la general. "Cuando ya teníamos tres o cuatro minutos de ventaja", cuenta Voeckler, "sabiendo que debía estar a dos minutos de Armstrong, mi director se acercó y me dijo que era maillot amarillo virtual. Pero fue en tono de broma".

Unas horas más tarde, ya no era cosa de risa. En especial, no para Thomas Voeckler. En Chartres, donde O'Grady ganó la etapa, el francés se enfadó. "No estaba contento de haber perdido la etapa, dice Jean-René Bernaudeau, ya que era su cumpleaños. Es un ganador. Pero aún así. El chico, tiene 25 años, tenía el maillot amarillo y ponía mala cara. Pensé que tenía un verdadero temperamento". "Es cierto, sonríe Thomas cuando se le recuerda la anécdota. No fue hasta después que me di cuenta de que el maillot amarillo, era incluso mejor". Las diez jornadas siguientes, durante las cuales nunca dejó su vestimenta dorada, Voeckler las califica de "sueño despierto. Yo masticaba la manzana, sin hacer preguntas".

Con su margen de diez minutos sobre Armstrong, podía verle venir, pero se esperaba que entregara las armas en los Pirineos. En La Mongie, Armstrong recortó su distancia a la mitad. Al día siguiente en la meseta de Beille, de su crédito de 5'24", el francés logró mantener unos escasos 22 segundos sobre el americano. La imagen de su puño apretado en la línea de meta sigue siendo una de las más importantes de su carrera. Jean -René Bernaudeau nunca ha experimentado algo más potente emocionalmente:

" En la última subida, pensó que ya estaba todo perdido. Thierry Bricaud conducía, yo estaba junto a él. Subimos a la altura de Thomas y le dijimos "con esto ya basta, con esto ya basta". En un momento dado, comenzó a gritar "no te creo". Se dió cuenta a 50 m de la meta de que mantendría el maillot cuando oyó a Mangeas hacer la cuenta atrás. Fue un momento inolvidable. Todos lloramos. Nos alegramos de haberlo logrado""

A efectos contables, este milagroso rescate no cambió nada. Thomas Voeckler ya había pasado ocho días de amarillo e iba a perder el maillot dos etapas después. Pero en cambio, hizo mucho por su popularidad. Si hubiera cedido en la meseta de Beille, como la lógica indicaba, su resultado en la general probablemente no habría sido tan alto. "Mirando hacia atrás", confirma, "entendí que fue ese día cuando realmente forjé un vínculo con el público. Yo era el francesito que luchaba con sus medios, que sacaba las tripas frente al ogro americano".

Para Christian Prudhomme, Voeckler se convirtió en "una especie de prometido para los amantes del Tour de Francia. Fue el descubrimiento de un personaje, nacido en Alsacia, que viajó a las Indias Occidentales con sus padres, su dolorosa historia, la muerte de su padre en el mar, su regreso a Francia en Vendée, etc." Un personaje, pero también un gran corredor, capaz de maximizar su potencial. "Una energía impresionante," continua Prudhomme, "un corredor muy inteligente, que posteriormente ha demostrado que era capaz de grandes cosas con gran sentido táctico".

Posteriormente, se refiere sobretodo a 2011. Especialmente a 2011. El acto II. En el origen, por supuesto, otra bonita escapada. Una de las etapas más locas de los últimos años, con uno de los Tours más bonitos de la era moderna. De Issoire a Saint-Flour, el Tour vivió uno de esos días que marcan. En el descenso del Paso de Peyrol, una caída elimina a varios grandes nombres, entre ellos Van den Broeck y Vinokourov, e incita a tomarse su tiempo. Una gran ayuda para los cinco escapados del día: Juan Antonio Flecha. Johnny Hoogerland. Luis León Sánchez. Y dos franceses. Dos viejos conocidos. ¿No lo adivinas? Thomas Voeckler, por supuesto. Sandy Casar, evidentemente.

Este grupo llegó hasta el final. Al menos, una parte. A los 35 kilómetros de la meta, fue turno de ser víctima de un incidente mayor, cuando un coche de seguimiento tumbó a Flecha y lanzó a Hoogerland contra la alambrada. La imagen del cuerpo lacerado del holandés dejará una impresión profunda, tanto literal como figuradamente. La crueldad del ciclismo encaja en esta secuencia. La mala suerte de unos forja la fortuna de los demás. "Cuando el coche nos dobló, yo también habría podido caer, admite Voeckler. No, no es una cuestión de reflejos, es solo cosa de buena suerte o mala suerte".

Como siete años antes, el alsaciano no ganó la etapa. Pero sin reproches esta vez. "Siempre me dije que si se volvía a presentar la oportunidad de Chartres, elegiría. Así que, en consulta con mi director deportivo, decidí no correr por el maillot amarillo. Sin ninguna garantía de tenerlo, pero estaba dispuesto a sacrificar la victoria de etapa". Por lo tanto, Luis León Sánchez levantó los brazos. Voeckler, se encontró con el maillot que le reservaba su gloria. Al igual que en 2004, nadie imaginaba que podría conservarlo diez días, porque esta vez su margen sobre los principales favoritos era corto, en torno a tres minutos.

Pero el líder del Europcar, sin embargo, tenía una idea en la cabeza. "No pensé mantenerlo 10 días, no me lo planteaba ni siquiera. Pero en cambio, tenía mucha más confianza en mí mismo que en 2004. Estaba en mis mejores años. Tenía la ambición de defenderlo todo el tiempo que pudiera y también me dije que una vez perdido el maillot, me gustaría seguir corriendo para obtener un buen lugar en la general. Sentí que esta era la oportunidad de mi carrera." Pero, como él admite fácilmente "duró más de lo que había imaginado..."

Como un simpático guiño, Thomas Voeckler experimentó el punto culminante de su Tour 2011 en... la meseta de Beille. Pero si en 2004 luchó primero contra sí mismo, esta vez se peleó con los grandes. Los Schleck, Evans, Contador, todos tratando de atraparlo. Él no se inmutaba. "Thomas no se descolgó", recuerda Bernaudeau con crepitante voz. "Sentíamos que tenía margen. Este es el pico de la excelencia en su carrera." "Honestamente, dijo Voeckler, esta es la única vez en mi carrera en que me sentí un poco el rey del Tour. Tener el maillot amarillo en la espalda, en un gran escenario de montaña, ver los favoritos atacar y lograr ir a alcanzarlos uno por uno, fue un momento bastante embriagador".

Tanto es así que al llegar a los Pirineos, comenzamos incluso a preguntarnos si Voeckler no iba a terminar ganando este Tour. Él nunca lo creyó realmente. "La meseta de Beille abrió otras perspectivas, ciertamente," reconoce. "Pero tengo la cabeza sobre los hombros. Conozco la bicicleta, sé cómo funciona esto. Venían los Alpes y siempre he preferido los Pirineos. Luego estaba esa larga contrarreloj de 42,5 kilómetros antes de la meta. Pero puedo entender que entre los medios de comunicación o el público, algunos comenzaron a creer. En última instancia, después de Luz Ardiden y la meseta de Beille, yo me lo hubiera tomado mal si no me consideraran como un posible ganador".

Infografía Longform escapadas Tour de Francia

Son dos errores, más que debilidad física, los que sellan su pérdida en los Alpes. Una salida de pista en el descenso a Pinerolo y un esfuerzo desperdiciado en la etapa de Alpe d'Huez al tratar de socavar a un Cadel Evans que creía en dificultades. "Solo tenía un problema con el desviador. Me sometí a un esfuerzo un tanto inútil, lo pagué en Alpe..." Fue allí, en este templo del Tour, donde Voeckler cedió su puesto, a sólo 48 horas de la llegada. Nunca un francés había estado de amarillo tan cerca del final del Tour desde Fignon en 1989.

"Objetivamente", considera, "sin mis errores de la última semana, mi verdadero lugar hubiera sido el segundo. Pero estoy convencido de que no estuve cerca de la victoria final. La superioridad de Evans en la última contrarreloj no me habría permitido mantener el maillot hasta París." A Jean-René Bernaudeau le hubiera gustado que su pupilo fuera el primer francés en el podio del Tour del siglo XXI. "Lo hubiera merecido", dice. Pero sin duda Voeckler contribuyó a quitarse los complejos a los Peraud, Pinot o Bardet, que han subido al podio desde entonces.

Aún así, podio o no, Thomas Voeckler, a su manera, marcó el Tour de Francia. Sin ganarlo, es un personaje del mismo. Como es obvio, fue entonces cuando decidió poner fin a su carrera, ese verano. "Atacó todos los años, llevó el maillot amarillo, ganó el maillot de lunares y algunas etapas... Thomas es un símbolo de que 'todo es posible'", declara Christian Prudhomme, a quien vamos a dejar la anécdota final, revelando las huellas dejadas por el rey de las escapadas. Más allá de las fronteras francesas. "Le animan mucho también en el extranjero. En el Tour de Yorkshire, todos lo conocen. En Düsseldorf, hay una exposición sobre los corredores del Tour. Han puesto a Albert Einstein, Mick Jagger y... Thomas Voeckler. Los tres sacan la lengua." Al pelotón, sin duda…

Tour de France

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IntroductionTour de Francia 2017: Las escapadas más famosas
  • Capítulo 1Capítulo 1. Del Tour de Walko al Tour de Pereiro
  • Capítulo 2Capítulo 2. El descalabro de Futuroscope
  • Capítulo 3Capítulo 3. Escapada, modo de empleo
  • Capítulo 4Capítulo 4. Marie volvió a ver su Normandía
  • Capítulo 5Capítulo 5. Pontarlier, una jornada entre el infierno y la locura
  • Capítulo 6Capítulo 6. Thomas Voeckler, el brillante alborotador