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Blog Uría: Barça: quemar después de leer

Blog Uría:  Barça: quemar después de leer

El 21/04/2017 a las 19:09Actualizado El 21/04/2017 a las 19:31

Ahogarse en un vaso de agua maldiciendo que uno ya no bebe cava o darse la satisfacción de invitar a una ronda de barra libre de cerveza. Esa es la cuestión.

Bandera del buen juego, protagonista de goles cósmicos y partidos memorables, el Barça, el mejor de la historia, se construyó un ático en la cima del fútbol mundial. Puso de moda el modelo, rindió culto al pase horizontal, nos descubrió el imperio del centro del campo, nos obligó a estudiar los arcanos del juego de posición y nos condenó a querer imitarle, admirarle y elogiarle. Sí, se podía ganar y gustar. Hegemónico en España y temido en Europa, el Barcelona se sentó en el trono de su rival. Ese por el que habría matado cualquier culé en los ochenta, antes de descubrir que el secreto era fabricar Balones de Oro, no comprarlos. Desde la cima de la excelencia, ganando todo y volviéndolo a ganar, desde lo más alto, el culé de nueva generación, ensimismado y encantado de haberse conocido, no reparó en una cuestión tan natural como el ciclo de la vida: todo lo que sube, tarde o temprano, baja. Lo normal es perder. Lo extraordinario, ganar siempre. Cegado por el fulgor de su colección de trofeos y por la belleza de su fútbol, el Barça, durante estos años, se ha arrogado una superioridad moral que, con perdón, antes detestaba. Es lo que tiene ganar. Se te olvida lo difícil que es y no lo valoras hasta que pierdes. Pierdes el respeto a los demás y se lo vuelves a coger cuando es tarde. En estos años, el culé, empachado de gloria, se ha acostumbrado al caviar. Y los que tenían la responsabilidad de usar el pasado más glorioso del club como un trampolín, lo han usado como sofá.

No es que el socio del Barça sea un desagradecido, ni tenga memoria selectiva, como la mayoría de los periodistas y los políticos. Es un animal de costumbres. Uno al que le resulta imposible desprenderse del pesimismo atávico, pero que es autodidacta, porque ahora aplaude a los suyos en noches en las que solía reprender y pitar. Es la evolución natural de la masa social de una entidad democrática hasta el tuétano, de un club que presume de ser más que un club y se ha puesto el listón en las nubes. Condicionado por la penúltima crisis de no ganar esta Champions (sic), el Barça se ha mirado al espejo estos días y no se ha reconocido. Lleva tantos años acostumbrado a ser el mejor que, ahora que parece que no lloverán dobletes y tripletes, se ha quedado perplejo, sorprendido de sí mismo. Como si fuera infalible, como si los demás no compitiesen, como si la vida no consistiera en caer para aprender a levantarse. Como si toda chispa fuera inevitable para que la casa entera tuviera que arder hasta el fin de los días. Como si caminase, con paso firme, de triplete en triplete, hasta su derrota final. Como si la meta fuera morir de éxito.

Como club, el Barça es indescifrable. Su entorno no. Condiciona al socio y lo predispone. Embadurna al mundo de almíbar si se gana y si se pierde, reparte carnés de buenos y malos barcelonistas. Ese entorno hace de los valores un meme permanente, y a falta de soluciones, señala culpables y una larga fila de reproches: palos al entrenador, discrepancias con la táctica, falta de actitud de los jugadores, defensa de cartón piedra, fichajes caros de rendimiento pobre y, por descontado, ni una sola palabra de La Masía. Así es el fuego amigo, el infierno que más quema, porque convierte carne y hueso en sombras y ceniza. En el horizonte, un escalofrío recorre la espina dorsal culé: que, en plena época de Messi, el mejor de todos los tiempos, el Madrid pueda ser otra vez campeón de Europa, sería un mazazo. Antes, sin tiempo para lamentos, llega el Bernabéu, con aroma a final. Si se gana, bola extra. Si se pierde, la caja de Pandora se abrirá: saldrán mil noticias sobre la conveniencia de fichar más cromos caros y echar a unas cuantas vacas sagradas. Marca de la casa. Club, afición, equipo y entorno, sean conscientes o no, se encuentran en una encrucijada: usar el pasado como sofá o como un trampolín. Ahogarse en un vaso de agua maldiciendo que uno ya no bebe cava o darse la satisfacción de invitar a barra libre de cerveza. Y si protesta el corazón, un humilde consejo: impriman el artículo y si no les acaba de convencer, hagan con el papel lo mejor que pueden hacer. Quemar después de leer.

Rubén Uría / Eurosport

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