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Blog Uría: El Valencia y la madre de la ciencia

Blog Uría: El Valencia y la madre de la ciencia

El 31/07/2017 a las 01:29Actualizada El 31/07/2017 a las 01:47

Alemany y Marcelino están adecentando una casa que era una ruina. El primero está sacando la bañera del salón y el segundo, colocando el sillón lejos de la cocina.

Un ejecutivo que ponga orden en la casa y un entrenador que lo ponga en el campo. Para lo primero, Mateo Alemany. Para lo segundo, Marcelino. Su misión, adecentar una casa que, hasta la llegada de ambos, ha batido todos los récords mundiales de incompetencia, por exceso de jefes y ausencia de indios. El desafío: lograr que el VCF deje de ser el chiste fácil de la oficina y vuelva a ser serio y respetado. Mateo ha llegado con mando en plaza, asumiendo condiciones desfavorables para tunear un barco que soñó ser un destructor y después de dos temporadas tétricas, tiene más agujeros que el Prestige. Y para lograrlo, su gran aliado, mejor dicho, el único, es Marcelino. Ambos se han jurado amor eterno, hasta que los resultados les separen, porque son conscientes de que su futuro está unido. La suerte de uno será la del otro. En un club con tradición de sofás y lámparas, Mateo se dedica, desde el despacho, a sacar la bañera del salón y Marcelino, en el césped, a sacar el sillón de la cocina.

Alemany negocia duro, presume poco y nunca miente. Marcelino trabaja mucho, exige más y nunca tiene suficiente. Dos perfiles similares que se mueven en una misma dirección. No les pidan que monten una bomba casera con una peonza, un imperdible y un chicle de fresa, pero tengan claro que están trabajando para acabar con el olor a habitación cerrada. La propiedad, que puso el dinero para dilapidarlo con políticas erráticas, se ha cansado de poner. Y con una economía de guerra, la tarea de la Doble M resulta una carrera de obstáculos. Sin un euro, el Valencia necesita cromos nuevos. Así que para entrar, antes hay que dejar salir. Y como lo que hay no lo quiere casi nadie, pues toca armarse de paciencia. Primero, para esperar los descartes de otros clubes; segundo, para colocar a jugadores por los que hay ofertas de cero al cociente y bajen la cifra al siguiente; y tercero, para convencer a futbolistas que lleguen como cedidos, porque el club paga errores del pasado y sólo puede permitirse fichar en propiedad con contratos largos.

En la puerta giratoria, salidas y entradas. Hay que sacar a futbolistas por los que se pagó mucho, que cobran más y por los que dan entre poco y nada. Nombres propios como Negredo o Abdenour por los que hay interés y acercamientos, pero ninguna oferta formal. No es triste la verdad, lo que no tiene, es remedio. Eso en la rampa de salida. En la órbita de las entradas: mucho interés, mucho trabajo, mucho seguimiento y poca oferta en firme. Un día toca Murillo, otro Kondogbia, más tarde Kostic y de vez en cuando, si no suena Krychowiak, se habla de Fernando. Objetivos legítimos e interesantes que, hasta que no se ingrese por ventas o se liberen fichas que impiden tener cash para fichar, se quedan en buenas intenciones. Paciencia: Alemany le ha prometido a Marcelino que antes del 15 de agosto tendrá dos centrales y un “seis”. Quizá, si el club puede, llegaría un banda izquierda. Hasta entonces, en el capítulo novedades, basta verificar la evolución de Maksimovic y la apuesta por la portería, en la que el club fichó valor Neto tras quitarse de encima a Alves, para algunos, todo un problema en bruto.

Mientras Alemany se ocupa de lo ingrato -incluso perdiendo dinero en operaciones tan necesarias como ruinosas-, Marcelino, a la espera de que le fichen su columna vertebral – las negociaciones, lógico, son más lentas que el caballo del malo-, tira de sentido común. A falta de cartera, apuesta por la cantera. Soler y Lato ya son una realidad, pero el asturiano está testando la guardería del club. Y los diamantes de Paterna tienen hambre. Jiménez, Nando, Centelles, los Nachos y demás son válidos. No tienen experiencia, pero sí ambición. y en varios casos, más talento que otros con más nombre, estatus y sueldo. No hay nada mejor que darle a un jugador la oportunidad de defender la camiseta de la que está enamorado. Puro sentido común: hasta que puedas tirar de cartera, ármate de paciencia y ve apostando por la cantera. En definitiva, es posible que el Valencia vuelva a las andadas, pero Alemany y Marcelino están adecentando una casa que era una ruina. El primero está sacando la bañera del salón y el segundo, colocando el sillón lejos de la cocina.

De nada sirve un arranque de caballo andaluz y después, una parada de burro manchego. El objetivo no es ganar un título, sino competir. No es estar en Europa, es ganar cada domingo. No es ganar la Champions, es lograr que la gente esté orgullosa del equipo. Es volver a ser lo que el Valencia siempre fue, un rival respetado y temible. Nadie mejor que Marcelino, admirador confeso de Simeone, para saber que este Valencia sólo podrá crecer partido a partido. Mal irá el club si levanta la vista de ese camino. Antes había dinero, pero no dirección. Ahora no hay un euro, pero sí gente capacitada. Si protesta el corazón, ténganlo claro: mejor lamentarse por un verano largo que estar deseando que se acabe cuanto antes una Liga para parar de hacer el ridículo. Toca tener sentido común: poner la bañera donde estaba el sofá y el sofá, donde otros pusieron la bañera. Así igual no se gana, pero seguro se compite. La hoja de ruta de este Valencia debe ser la madre de la ciencia: la paciencia.

Rubén Uría / Eurosport

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