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Westbrook como experiencia psíquica
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Publicado 09/05/2014 a las 13:53 GMT+2
Gonzalo Vázquez
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Russell Westbrook pertenece a la incómoda especie de jugadores que abren posturas extremas sin posible acuerdo intermedio. A sus 25 años no admite la condición de maldito porque no ha cubierto tres cuartos de carrera. Pero a tan pronta edad simboliza como nadie el estigma de villano. Los motivos son a un tiempo difusos y concretos. Y cabría destacar tres: un exceso hormonal en su juego, una aparente burla a la tradición y la compañía de quien se ha ganado el corazón público como una estrella angelical.
Aunque por lo visto, el reparto de papeles no da para dos buenos.
Russell Westbrook pertenece también al raro género de jugadores a quienes, por razón genética, prende algún fuego interior que los hace alérgicos a la calma, a la pausa y ritmo metódicos; y en fin, a toda esa despaciosa dimensión donde la pereza mental corre el riesgo de encerrar la noción de inteligencia.
Este ejemplar incandescente que el baloncesto ha tenido la inmensa generosidad de parir presenta así una problemática permanente y pendular, y por ello no menos insoportable, entre el bien y el mal.
Definir en lo básico a Westbrook no es complicado. Y tampoco innecesario. Antes bien supone un privilegio. Porque se trata de uno de esos originales sin precedente ni parangón en términos técnicos y psíquicos.
Fuerte, veloz, ligero, escurridizo y vertical hasta lo enfermizo, Westbrook es la feroz imagen de la energía viva, un pedazo de trueno (sic) que tanto disfruta en la explosión de sus virtudes como sufre el pesado incordio de aquello por lo que su posición todavía se define: la dirección. Pese a ser mentalmente un alero apresado en otro cuerpo, el base de los Thunder es el más atlético nunca visto, una cualidad superlativa que no supondría el menor riesgo si no fuera acompañada por una rabiosa necesidad de demostrarlo. No es una impostura. Antes bien dura ya lo bastante para comprender que esa y no otra es su seña de identidad, su juego dactilar. Y ya solo esto revela toda su problemática: la potencia sin control.
Este rasgo, más propio de otras posiciones, puede dañar la imagen de cualquiera de ellas. Pero en ninguna otra posición despertará peores recelos que en la primera de todas, la del base, aún a estas alturas del tiempo pesadamente dominada por la exigencia del orden, la dirección, la propuesta y el control. En el organismo del juego sigue ocupando el base la función del cerebro.
Puede que Westbrook enerve a la óptica actual como ningún otro. Pero si desapareciera mañana, habríamos asistido con él a una sincera evocación de cómo será una práctica mayoría de bases en la segunda mitad de siglo. Atléticos hasta lo inconcebible hoy día.
Tal vez sea este enorme contraste con sus homólogos lo que le convierte en una fácil diana y morboso centro de atención. Porque siéndolo rompe también el equilibrio del habitual examen público a los jugadores. Es más intenso el grado de quienes observan a Westbrook con suspicacia –y rechazo– que el de aquellos neutros que lo disfrutan como el mayor espectáculo posible entre dos aros. Son estos quienes se muestran más indulgentes con él porque nadie acerca más el juego a una comedia. En su frenética producción de escenas, brillantes y suicidas, es donde nadie como Westbrook les divierte más.
Pero todo esto, en suma, deja la controversia intacta.
La crítica acuerda que Westbrook elude con irritante frecuencia la dirección del juego en favor de su compulsiva interpretación de la realidad con destino al aro. Como si cuatro compañeros le fueran multitud y 24 segundos un año. Según esta perspectiva, Westbrook sanaría con una propuesta de juego más templada con preferencia a la distribución, buena parte de la cual tendría al mejor anotador del mundo como destinatario. Sin más.
Este prisma, además de simple, peca de un doble error. Primero, confía en exceso en la infalibilidad de Durant, quien siendo el arma ofensiva más peligrosa, fue neutralizado a solas por Memphis el año pasado y cerca ha estado de repetir calvario acompañado. Y segundo, porque subestima la mayor fortaleza de Westbrook: el destrozo de defensas organizadas e incluso su anticipación a ellas.
La crítica tiende también a pasar por alto una panorámica mayor. Pasa el tiempo y Oklahoma sigue sin resolver sus tres grandes problemas, ninguno de los cuales lleva el nombre de Westbrook. El proyecto Thunder, tal cual se presenta, sigue flaqueando en anotación interior, en producción de banquillo y en decisiones técnicas de impacto inmediato, decisiones más allá del diseño táctico de temporada, cuya creatividad cabe a menudo en el grosor de un folio. Pero en los dos primeros vacíos del equipo Westbrook desliza su perfil con incomparable éxito.
La dimensión que incorpora a Oklahoma, además de ser la única que conocemos, se traduce también en una colosal liberación al resto. Anota y, mal que pese, distribuye, arrastra defensas abriendo continuamente lados débiles que sin su intervención tienden a infartar. Y es gracias a su permanente estado de agresión que los Thunder identifican la mitad del molde.
Westbrook es de los poquísimos jugadores de la actual NBA que combaten la extinción de la media distancia dominando la categoría de pull-up jumpers, lo que fortalece su autonomía frente a defensas bien armadas además de aliviar no pocos ataques de ventaja frustrada. Absorben sus manos tal tonelaje de responsabilidad anotadora que, sin él, no cabría respiro para el autor de esta confesión: “You are an emotional guy who will run through a wall for me. (...) It’s a blessing to play with you”.
Es precisamente la mejor versión de la pareja lo que convierte a los Thunder, en cualquier circunstancia y momento del calendario, en algo puntualmente imbatible. Una realidad que tiende a olvidarse, escribía Zach Lowe, “a pesar de años de evidencia de un mayor nivel del equipo con Westbrook en pista”. Porque sin él ya tuvimos una prueba irrefutable en 2013.
Westbrook no tiene más ni menos defectos que otras estrellas. El problema es que los suyos tienden a estallar en su neurosis de ataque y una selección de tiro que a menudo parece producto de dados ardiendo. Como ambas cosas saltan tanto a la vista se olvida un defecto más persistente y peligroso: que su obstinación por anticiparse y atrapar el robo o su impaciencia por adelantarse al pick’n roll rival suele dejarle en cueros defensivos una y mil veces, como probó Conley repetidamente a cámara lenta. Parte de ese exceso de confianza traduce muchas de sus faltas por preferir la agresiva defensa al cuerpo que la más calculada de espacios.
Y es precisamente aquí donde Russ debiera despertar una mirada más compasiva. Porque sus errores son siempre por exceso. Nunca por defecto, lo que ni los resuelve ni los justifica. Pero define mejor que nada el alma de un competidor feroz.
Por eso la experiencia Westbrook sirve muy bien a la vida. Simboliza el valor de quienes, con todo perdido, se arrojan en solitario a la batalla por ganar, lo que suele elevar los errores a la categoría de delitos y el fracaso a la condena. No fueron pocos los que sufrieron antes esta extorsión pública. Así es del todo imposible librarle de reproches masivos, en oposición a lo que ocurre con los incapaces, los tibios de voluntad y quienes se disuelven en la inacción colectiva, escenario no poco frecuente en el equipo de Scott Brooks. Total, ya estará Westbrook para dar la cara y ocupar el reverso del llamado hero ball, que significa que en unos brillará con luz propia, como en Durant, y en otros, como un azar de corta vida y ningún reconocimiento.
No es obligado sorprenderse por haber sufrido Westbrook tres intervenciones en su rodilla derecha en apenas ocho meses. Cabe hacerlo con la valentía de ignorar el menor riesgo en cuanto entra a pista. Contrariamente a lo que suele ocurrir en estos casos Westbrook ha jugado desde su vuelta, como subrayaba Spears, “even more mad”. Y sin embargo caben aquí también matices que apreciar.
Aprovechó sus dos meses de baja, según él mismo atestigua, para entender mejor al equipo, para observar a sus compañeros desde la táctica distancia y tratar de comprender dónde actuar y dónde inhibirse, cómo reaccionan sus compañeros a las diversas fases del juego así como cuándo procede su agresividad y cuándo moderarla.
Esta nueva versión del base, que pocos han agradecido más que Ibaka o Adams, es más difícil de percibir dado que su carácter no ha perdido un ápice de inflamación. Kendrick Perkins lo explicaba recientemente. Él aprendió de Kevin Garnett la aversión al rival en pista. Perkins ha transmitido esa misma actitud a Westbrook, como un segundo enfadado en la plantilla. “La ira puede resultar buena o mala. Para Russ es buena. No le gusta ninguno de los rivales contra los que juega”, explicaba Durant, para quien el tempo de agresión de Westbrook resulta ahora más acertado.
Pero precisamente los aciertos son, a ojos del gran público, su gran asignatura pendiente.
Cuando Westbrook fue informado del puntual reproche de Barkley en televisión por alejarse del grupo en un tiempo muerto, escena nada inhabitual, su respuesta admitía un perfil autobiográfico: “Muchas de las cosas que hago parecen mucho peores de lo que realmente son”. Añadía también un factor que no es posible omitir. Su temperatura de juego es por naturaleza mucho más elevada que el resto, sean o no compañeros. En esos momentos “necesito un respiro, despejar la cabeza, ordenarme mentalmente y ver qué puedo hacer para ayudar al equipo. Entonces vuelvo al corro”.
Ni siquiera en la NBA resulta fácil sobrellevar un carácter frenético e hiperactivo, una condición natural radicalmente sanguínea. Donde nosotros vemos un despliegue de juego trepidante, una sobrecarga de producción como de libre albedrío que ocupa toda la escala posible entre pérdidas hilarantes y game winners de videojuego, entre acciones absurdas y triples dobles monstruosos, sufre Westbrook una sobreestimulación nerviosa que tumbaría a un caballo. Cuando todo termina y la ducha se cierra Russ suele quedar largo rato inmóvil en su taquilla, donde cae a plomo, respondiendo a la prensa con susurros. Es como si cada noche agotara hasta la reserva.
Otro mes de mayo ahí está Oklahoma luchando de nuevo por la gloria. Es por estas fechas que un molesto estribillo repite que Durant está vedado a ella con Westbrook como escudero. Se olvida que es gracias a ambos que esta franquicia heredada de Seattle ha alcanzado su mayor altura conocida desde el título de 1979. Y se olvida, sobre todo, que el vacío de Harden no ha sido repuesto y que una vez más ambos combaten juntos por llenarlo como todos aquellos que el resto de la plantilla, de la mano de Brooks, tampoco satisface.
Solo cabe valorar, pues, ese colosal esfuerzo como algo admirable.
Pero da igual cuanto se escriba. Toda caída por venir despertará una nueva cruzada contra ese reptil deportivo menos cercano al acierto que a entregar la vida por él. Es lo que tiene el papel de villano, preludio –recordemos– de los jugadores malditos y su buen excedente de culpas que apenas les corresponden.
Si el problema en Oklahoma fuera su exceso de tiro, su aprensión a dirigir, la necesidad de un facilitator y un estilo más pausado, puede que el tiempo resuelva algún día la ecuación con, pongamos, un Rondo (o un Rubio). Puede que con ello se alcance el éxito. Pero muy probablemente tampoco con una plantilla similar. Y entretanto un buen puñado de puntos y el valor de afrontarlos se habrán perdido por el camino.
Y a lo mejor, también el mito de que Westbrook era el problema.
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(Artículo publicado por Gonzalo Vázquez el 9 de mayo de 2014)
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