Sucedió en 1926, durante un partido de exhibición en una oscura armería de la sureña Chattanooga (Tennessee). Allí sobrevivía una formación humilde, los Tepcos, anfitriones para esa velada de los Original Celtics en vísperas de su integración en la recién nacida ABL que pronto iban a dominar a placer. Al extremo de que la propia liga los acabaría disolviendo, como plegándose a las reiteradas súplicas de las aficiones rivales –“Break up the Celtics!”– en uno de los primeros coros que conoció el baloncesto profesional. No fue casual que tan pronto desaparecieron la asistencia de público se desplomara antes de que la Gran Depresión arrasara con todo.

Para la cita los Celtics presentaron su plantilla de gala, de un talento y destreza que solo Rens y Sphas podían equiparar entonces. El técnico Johnny Whitty tenía forjado un poderoso quinteto en Davey Banks, Pete Barry, Nat Holman, Dutch Dehnert y Joe Lapchick, con Chris Leonard como primer recambio y Eddie Burke de cierre. Acostumbrados a abrir pronto grandes ventajas en el marcador los Celtics guardaban siempre una cortesía. Pasaban a prodigar un rápido juego de pases aflojando la vena anotadora para no herir en exceso al público local, como una superioridad controlada que evitaba contratiempos al momento de partir. “Eso mantenía entretenidos a los aficionados dando la impresión de que seguían determinados en el juego sin la necesidad de añadir más puntos” (Dutch Feat, True Magazine, mar. 1952). Pero ocurrió que de pronto, en medio del recreo, el jugador más grande de los Tepcos avanzó en defensa a la altura del tiro libre y comenzó a interceptar los pases de los Celtics. Lapchick, su equivalente en tamaño, acudió al amparo de su entrenador por si ofrecía alguna solución. Sin embargo fue Dehnert, el jugador más fornido del equipo, quien se anticipó proponiendo situarse delante del defensor. Los demás creyeron que su intención se reducía a formar un escudo ante él, como para tapar la fuga y listo. Pero además pidió a sus compañeros que le entregaran el balón al germen de cada nuevo ataque. “Moveos –ordenó–, lo devolveré al que esté libre”.

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Los demás obedecieron y Dehnert, de espaldas al aro en la cabeza de la bombilla, desataría en lo sucesivo un desfile de pases con destino muy variado. Tanto que su cobertura alcanzaba los 360 grados. Los demás prodigaban cortes con la soltura de un entrenamiento y una y otra vez el balón terminaba llegando a sus manos. “De forma espontánea Dehnert devolvía pases al corte de cada compañero para bandejas fáciles” (Lapchick, Gus Alfieri, Lyons Press, 2006) y con la misma claridad si optaban por quedar abiertos. De pronto las opciones parecían multiplicarse hasta renovar cada ataque con una frescura desconocida. El equipo rival quedó desconcertado y cuando el defensor antes molesto probó a anticiparse por un lado Dehnert pivotó hacia el otro encontrando libre el camino al aro.

Aquella repentina experiencia era una novedad para todos, incluidos los Celtics, cuyo playbook, dicho sea de paso, era el más rico y fluido que conoció el baloncesto en el primer tercio de siglo. Nadie había barajado antes una opción así.

Mientras algunas fuentes refieren lo ocurrido por un estímulo nuevo para no aburrirse en exceso –contaba Lapchick que Dehnert parecía querer tomar el pelo a todos–, otras lo hacen como el improvisado remiendo a un puntual apuro táctico. Seguramente importe poco. Porque lo crucial es la fulminante liberación que aquella maniobra provocó. “De pronto vimos que lo que Dehnert había concebido como una broma –insistía Lapchick– era una poderosa amenaza ofensiva”.

Con seguridad, en algún momento anterior, el juego vio algo parecido en las profundidades de la geografía americana. Tanto el baloncesto profesional itinerante –que la historia conoce como Barnstorming Era– como sus versiones amateur eran algo recóndito salvo para los testigos. Pero mucho antes de su muerte en 1939, James Naismith, el padre creador, ya dejó escrito en clara terminología que el pivot-post play y el pivot-pass game componían la base de “un grandioso repertorio de jugadas”. En ningún caso lo atribuía al center ni a posición alguna. Tan solo a la maniobra, al recurso potenciador una parte del cual, el giro en reverso, había sido indultada de los pasos ya en el reglamento de 1893.

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El caso es que aquel episodio tan simple se instaló en la historiografía como la génesis de uno de los mayores avances que dio el baloncesto en el siglo XX. “El método ideado por Dehnert –escribía Alfieri– revolucionó cada nivel del juego, creando un tipo de ataque que todos pasaron a imitar”. El ataque, aún en fase primitiva, descubría así un nuevo eje en torno al que podían bascular las demás fuerzas vivas, como un epicentro detonador de pases. El formato ordenado de aquella idea sería un sistema conocido como wheel offense que corrieron a emular baloncesto profesional y universitario, donde no mucho después la Kentucky de Adolph Rupp lo haría deslumbrar.

No obstante, nadie elevó la invención al absoluto, nadie hizo de ella un mantra que exprimir hasta sus últimas consecuencias. Aquel nuevo eje conviviría durante muchos años, y nunca en ventaja, con los otros dos dominantes. El primero y más clásico aún sobrevive hoy. Nacía lejos del aro en manos del point guard y su constante proponer al movimiento de piezas; y un segundo, situado en las antípodas, entregado a la ventaja del hombre alto en los aledaños del aro.

Este segundo punto es sin duda el más crucial para lo que se pretende exponer. La cercanía al aro de la posición de center sería un credo que ningún entrenador en el horizonte contemplará abatir. Y el alivio que supondrá la regla de los tres segundos no alterará su hábitat como tampoco lo harán, por este motivo, las sucesivas ampliaciones de la zona. Era como si en la orden “¡todos a sus puestos!” el baloncesto hiciera secular el del hombre alto, el más ahincado de todos.

Por esta razón, un fenómeno en el que apenas se ha reparado por su raíz etimológica, la posición de center y la pivot-play hermanaron en buena parte del globo hasta formar una sola idea, una sola noción, por ejemplo, en castellano, donde pívot y center se hicieron sinónimos como la quinta posición del juego.

Y así aquella invención, con todas sus inmensas posibilidades por explorar, no hizo desviar el juego de su tenue línea recta. El baloncesto enfiló su destino por la vía más conservadora. Cuando la estrategia podía haber desarrollado los tres pilares en relativa paridad, uno de ellos despuntaría pronto como la fórmula hegemónica que replicar como fuese, lo que terminó eclipsando una de las más fascinantes posibilidades que abría la creación de Dehnert: el pivot-pass game del hombre alto fuera del poste bajo. No puntual ni oportuno, tampoco fruto de un talento supletorio, como una propina. Sino como fundamento preferente, como una cualidad que explotar en las tallas mayores igual que el manejo de balón en los pequeños.

Para que algo así hubiera de veras gestado tendrían que haber sucedido dos cosas: que el hallazgo fuera cosa de Lapchick y que el baloncesto no hubiera conocido a George Mikan. De manera que un defecto en la invención original y el apabullante dominio de Mikan recién nacida la NBA desalojaron el pase creador como un pilar prioritario en la figura del Big Man. Y esa renuncia fosilizará en la posición de center hasta bien entrado el nuevo siglo.

El dominio de Mikan y su antídoto reglamentario se han contado hasta la saciedad. Son lugares comunes en la verdadera historia del juego, como frecuentes eran las esperas de sus compañeros con el balón apresado aguardando a que el gigante se fajara con relativa facilidad hasta oler hierro. Las paralelas de la zona eran entonces un fino cuello de apenas 180 centímetros, de manera que un hombre alto podía estirar el brazo para besar la tabla y ni siquiera pisar la zona. Por eso Mikan y luego Chamberlain obligaron a ensancharla de seis a doce pies a los actuales dieciséis.

Mikan era, al fin y al cabo, la extorsión física del baloncesto: el dominio de la estatura, la primera discriminación natural entre los jugadores y el pecado original. Hasta su emergencia, la primera mitad de siglo estuvo constantemente promoviendo esa misma tentación. Era como si Ed Wachter, John Wendelkin, Red DeBernardi, el propio Joe Lapchick, Leroy Edwards, Tarzan Cooper, Ace Gruenig, Joe Fortenberry, Frank Lubin, Bob Kurland o Dolly King subrayaran la evidencia: contar con un jugador de gran tamaño era la mayor ventaja de todas, el primer atajo al palmarés. Así lo describía en sus últimos años de vida el incombustible Ray Meyer, fundador de Mikan en DePaul: “Entonces los centers eran básicamente robots. Se les asignaba ganar cada salto entre dos y permanecer bajo canasta. Les llamábamos postes porque eso es lo que eran ahí abajo” (Wartime Basketball, Douglas Stark, University of Nebraska Press, 2016). Esta preferencia se vio agravada con Mikan, cuya superioridad multiplicó la idea del center como término y no como medio hasta explicar por sí sola el diseño de la posición de cinco en la segunda mitad de siglo.

A este factor se añade el defecto aludido en la invención de Dehnert, el alero Henry Dehnert, apodado ‘Dutch’, el holandés. Y se explica por lo que no sucedió.

Los Celtics jugaban con tres guards (Barry, Holman y Leonard), dos forwards (Banks y Dehnert) y un center, Joe Lapchick, su jugador más alto. Si en lugar del rocoso Dehnert la creación de la pivot-play la hubiera escenificado Lapchick, la idea del center como poste alto ventilador de pase habría calado con infinita mayor fuerza, habría quedado automáticamente asociada a la figura del center, como vinculada así al hallazgo en un recurso diferencial que perseguir. Pero no fue así. Ocurrió que la eficacia de la jugada sobrepasó a la posición, quedando así el center a lo suyo, afiliado a su ventaja de tamaño en las fosas del aro, que debía primordialmente atacar.

Esto explica, en resumen, que algunas de las grandes evoluciones del juego en las siguientes décadas –el give and go de Holman, el fast break de Keaney, el ball movement de Holzman, el Princeton offense de Carril, el triangle offense de Winter, y con la relativa salvedad del single-pivot post de Rupp, que sí abría una ventana al cinco sobre el tiro libre– promovían como punto de partida, sin excepción en el caso del center, no alejarlo en exceso de su espacio vital si no era para el beneficio de otros. Su pivot-play de serie siguió escorada al poste bajo, como un puesto de vigía desde el que entregar el balón a los cortes, al modo de las versiones angelinas de Abdul-Jabbar y Shaquille O’Neal, tal es la increíble durabilidad del modelo.

En el fondo es como relatar la historia de una limitación. Durante demasiado tiempo el mundo que conoce el cinco en formación no hostigará ese apetito. Buena parte del siglo XX asiste a una sucesión de ensayos que privan al center del poste alto como área de creación, un larguísimo periodo uno de cuyos efectos más sumergidos pasa por la sistemática inhibición de su playmaking.

Ese inmenso poder seguiría quedando en manos de otros.

Hasta finales de los años sesenta, cuando Wilt Chamberlain decida dar rienda suelta a su apetito, la figura del hombre alto no contará la asistencia entre sus mayores estímulos. No mientras la táctica no abrazara esa posibilidad como un bien superior a las funciones impuestas a su posición. Por esta razón Johnny Kerr no despuntaría en ese apartado con los Nats cuando su talento de pase fue el mayor entre los centers de su época. Kerr sirve como prueba de que será siempre el sistema quien apruebe esa libertad y no a la inversa. Por eso la NBA verá tan pocos ejemplares salpicar el largo curso del juego con esa virtud liberada, ese talento especial, de una utilidad asombrosa, para el pase terminal, el pase último de canasta que conocemos como asistencia. Nada explica mejor la demora de un siglo en gestarse la idea del point center.

En términos embrionarios cabe referir al malogrado Maurice Stokes como el primer interior en liberar el pase de sus primeros barrotes tácticos. Le bastaron tan solo tres temporadas de carrera (1955-1958), las dos últimas de las cuales finaliza tercero en asistencias por noche. Lo haría posible en los Royals, a las órdenes del valiente Bobby Wanzer, que supo arropar el talento de Stokes con su mentalidad de base. Aquella libertad concedida casaba a la perfección con su ideal de juego rápido y una abundante improvisación en ataque, no exenta de desorden que Stokes desenredaba con imprevistos envíos.

La llegada en 1957 de Clyde Lovellette como cinco puro desataría en Stokes, mucho más aliviado, su versión all around a niveles hasta entonces ignorados. Libre para ocupar todo espacio ofensivo y especialmente dotado para el último pase al momento del salto, como prodigará en el futuro LeBron James, su asombrosa lectura de juego precisaba de la agitación propia de ritmos altos, donde más que proponer, resolvía la asistencia definitiva en entregas cortas al hombre libre. Que lo hiciera cumpliendo a la vez con todos los preceptos del hombre interior es algo que sus contemporáneos nunca dejaron de alabar. En el caso de Red Auerbach, hasta las referencias impropias de aquel tiempo: “Uno de los poquísimos tipos capaces de cubrir las cinco posiciones, su juego recordaba a Magic Johnson –una analogía que también refrendó Dolph Schayes–. Realmente era el jugador completo por definición” (Sfuathletics, jul. 2012). Su brevísimo paso por la NBA, como por la vida por una absurda tragedia bajo los aros, no impide recordarlo como el interior con mayor riqueza de pase que pudieron ver los años cincuenta. Hasta causar, de paso, un gran impacto en el mencionado Auerbach, el entrenador de la dinastía que a punto estaba de gestarse y para la que necesitaba una ampliación productiva de su mejor jugador.

Ese jugador era Bill Russell.

Bajo el inmenso poder de su defensa y liderazgo, de un equipo insuperable y de la atracción legendaria de Auerbach como sinónimo de victoria, la narrativa ha venido omitiendo el pase como una de sus mayores virtudes. No es casual que su compañero John Havlicek lo subrayara en su autobiografía: “La gente piensa en él en términos de defensa y rebote, y sin embargo fue la llave de nuestro ataque. Sus pases fueron los mejores de todos con quienes he jugado” (Hondo, Bob Ryan, Prentice-Hall, 1977). Es como si en la jerarquía de valores del jugador de los once anillos el pase siguiera quedando a la sombra cuando, en realidad, no fue solo una de sus grandes virtudes, sino sobre todo una sus mayores obsesiones. Y pudo serlo por un episodio traumático en su primera noche titular, de visita en St. Louis, tras once partidos de carrera. “Cuando todo comenzó Sharman y Cousy ocuparon los aledaños del aro, obligando al novato Russell a permanecer fuera y sentirse, con qué pavor lo sufrió, terriblemente inútil. En el segundo cuarto los Celtics perdían por 18 puntos y Red mordió la mesa con otro tiempo muerto. Era tradición formar corro en torno a él y hacerlo en pie, como los hombres. Pero el novato no lo hizo. Se deslizó cabizbajo hasta el fondo del banquillo y allí se dejó caer a plomo cubriéndose la cara con una toalla” (101 historias NBA, Ed. JC, 2013). Tras una agria discusión, impensable bajo el mando de Auerbach para un recién llegado (“No necesito ningún corro para saber cómo quitarme del medio”), nunca más volvería a sentirse perdido. No era tanto su desubicación como la pesadilla de verse desconectado. Auerbach lo entendió enseguida y colocarlo en su sitio fue, automáticamente, la llave para abrir la puerta de todos. Con el paso de los años su evolución en la lectura de juego resultaría asombrosa. De no interpretar bien las entregas a convertirse en el auténtico motor del primer gran equipo pasador de la historia.

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Responsables del mayor repunte de ritmo que haya visto la NBA, los Celtics prodigaban dos matrices de juego en las que Russell era la mano detonante. En el juego transitivo todo partía de su rebote en defensa para disparar la carrera; en el ataque posicional, su ascenso al poste alto abría el espacio soñado para el desmarque interior.

El estímulo de Bob Cousy y la audacia de Auerbach, una de cuyas técnicas consistía en entrenar a los pequeños como grandes y a los grandes como pequeños, resultaron decisivos en el playbook íntimo de Russell. Hasta hacer del pase su recurso más creciente en los primeros diez años. A medida que el tráfico de juego se fue haciendo más complejo, mayor destreza alcanzó Russell en el pivot-pass game. En 1967 terminó cuarto en volumen de asistencias y en las postrimerías de carrera su comportamiento en pista figuraba ya lo que hoy reconocemos como playmaking en cada vez mayor número de interiores. Por todo esto, tan pronto desapareció, “la defensa concedía bandejas, el contraataque hacía aguas y nada añoraba más el ataque a media pista que los pases de Russell” (King of the Court, A. Goudsouzian, UC Press, 2010), de un peso colectivo equivalente al de Tim Duncan en los futuros Spurs.

La revolución iniciada por los Celtics correrá paralela a una mayor presencia atlética en los hombres altos. Ejemplares como Jerry Lucas o Walt Bellamy simbolizan un salto de movilidad y destreza técnica que se extiende durante años y que sin embargo no renueva las posiciones interiores a la misma velocidad que lo harán las pequeñas. No lo permite aún el poder semental de Wilt Chamberlain.

Su carrera dibuja también un doble recorrido. Una primera parte que exprime su impacto ofensivo individual hasta las últimas consecuencias, remitiendo así al jurásico Mikan; y una segunda, de contexto muy diferente, que favorece reducir su versión solitaria hasta casi suprimirla por completo y alumbrar a uno de los jugadores más poliédricos de todos los tiempos. Este último Wilt, el más rico posible, alejado por fin de los récords, es el que la narrativa popular menos se inclina a recordar.

Antes de su empleo casi exclusivo como arma nuclear conviene aludir al sepultado paso de Chamberlain por los Globetrotters, una experiencia iniciática que no dejará de reconocer hasta su muerte como la más divertida de su vida deportiva. Allí estuvo a salvo de la presión por ganar. La legendaria formación de Harlem, con el juego de pases por definición como su combustible circense, espolea en el joven Wilt la gestación y desarrollo de recursos que de otro modo hubiesen permanecido latentes, como de hecho lo estuvieron durante años. “Su papel allí le obligó a concentrarse en el manejo, el dribbling y el pase” (Wilt Chamberlain, Matt Doeden, Lerner, 2011). El pase como necesidad de los números acrobáticos, el pase como medio y recreo y como una liberación de las exigencias impuestas por su tamaño y colosal fuerza. Todas esas posibilidades, se materialicen o no, quedarán entonces adscritas a su perfil. Y lo estarán incluso en el periodo de mayor represión de su distribución de juego. No será hasta la aparición en su vida de Alex Hannum que todo aquel potencial se libere en los Sixers hasta explotar con un éxito sin igual. Concentrado entre 1966 y 1968 Chamberlain desata el mayor volumen pasador que haya conocido un center, ocupando desde entonces los dos promedios más altos de siempre para esa posición (7.8 y 8.6). En más de 30 partidos rebasará las 12 asistencias, alcanzando como tope las 21 en uno de los registros más monstruosos nunca vistos, el único triple-doble doble que ha visto la historia (22-25-21). Y aunque con él la tentación se adentre siempre a la numerología, muy por encima de ella gravita la versión de Chamberlain como una formidable máquina de distribución de juego, una cualidad que no verá reducirse en los Lakers con igual brillo hasta el final de sus días. Bajo la lujosa formación de Bill Sharman de 1972 “ya no será él quien se apresure a recibir, sino los demás esperando a que sus manos alumbren los más breves y ágiles ataques de toda la década” (Dominios, acb.com, 2002). Motivado por esa pulsión hacia el pase, como una elección personal, la madurez de Chamberlain explora la práctica totalidad de sus formas sin necesidad de ahincarse al poste bajo. Desde el rebote y pase de béisbol como lanzadera hasta exprimir la pivot-play entre el fondo y los elbows con el balón en lo más alto de su mano diestra, como un mástil disparador de envíos. Curiosamente a su adiós esta seductora imagen la replicará, también como angelino, el deslumbrante Connie Hawkins.

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Ya sin Russell ni Chamberlain los setenta vieron además una distensión táctica que disfrutarán, sobre todo, los jugadores exteriores en la mayor ola de creatividad desde el nacimiento de la liga. La década les pertenece sin que ello impidiera el colapso interior en sus postrimerías que obliga a fundar la línea triple. Y con todo, asoma un puñado de pívots con renovada soltura en la geometría del pase. Abdul-Jabbar, Tom Boerwinkle, el primer Sidney Wicks, Wes Unseld, Dave Cowens, Bob Lanier o Alvan Adams incorporan regularmente la distribución del hombre alto al tejido del juego.

No obstante, a aquel encantador escenario no podrá sumarse tal vez el mejor de entonces. El genio creativo de Kresimir Cosic no lo verá la NBA por su renuncia personal tras rematar como estrella su aventura en Brigham Young. La ausencia no es ociosa. Su posible papel en la escena profesional abre una fascinante hipótesis de revolución en la cobertura de los hombres altos. De forma natural Cosic salía disparado a iniciar contraataques, adoraba jugar lejos de la zona botando como un base, corriendo y tirando como un alero y con la conducción del juego como una constante en su perfil. Toda la vanguardia americana que pudo descubrirle en distintos escenarios quedó prendada “del poderoso impulso transitivo que parecían encerrar sus manos. Por lo general no había recibido el balón cuando Cosic ya proyectaba el pase hacia un compañero libre o en mejor situación. En ataque Cosic no era un destino. Era un fluido que contribuía como nadie a despejar en todo momento la circulación del balón” (Invasión o victoria, Ed. JC, 2012). En el juego posicional, templado a media pista, Cosic eludía con insultante frecuencia aquel pozo del aro que había condenado el talento de tantos precedentes. Por eso merece consideración la analogía de Vladimir Stankovic calificando su figura como “un Sabonis de diez centímetros menos, veinte años antes”. Sin Cosic el baloncesto NBA pudo perder una maravillosa ocasión de acelerar su historia.

Mucho más modesto fue el caso de Sam Lacey, un nombre que nunca excluir de esta particularísima élite. En la retaguardia de los oscuros y geniales setenta Lacey invoca en silencio el pase como un estado natural de su posición de juego, la del cinco asociativo con una gradual tendencia al poste alto. Entregado a los demás como un abnegado helper –rebote y defensa fueron siempre la prioridad de su empleo– su declive físico y la llegada de Fitzsimmons en 1978 favorecen que Lacey pudiera expresar su artesanía del pase lejos del aro en términos de playmaking. Lo agradecen unos Kings por fin corregidos, lo que favorece una dignísima transición de década hasta alcanzar las Finales del Oeste de 1981, en las que Lacey lidera al equipo en pases de canasta. En realidad solo el vagar de los Kings de la época impide un reconocimiento mayor a un jugador que en esta antología simboliza la figura de culto. Al siempre deshuesado palmarés quedará la razón de su presencia en el All-Star de 1975, pero muy por encima, e incluso al margen de ser uno de los poquísimos pívots en sumar 14 asistencias una noche, en legar un perfil muy adelantado a su tiempo.

Contrariamente a Lacey, no faltaron reconocimientos en tiempo real, y ninguno sobrante, a otro amplificador histórico del juego: el fabuloso Bill Walton.

Walton incorpora la mejor formación personal, académica, táctica y técnica de un cinco a su ingreso en la NBA, lo que unido a un talento prodigioso se tradujo en una exquisita interpretación del juego colectivo. El magisterio de John Wooden en UCLA y el influjo de Lenny Wilkens en su estreno profesional harán cristalizar sus mejores cualidades, todas sin excepción, en un escenario ideal con Jack Ramsay al mando en los Blazers campeones de 1977. De cuantos ámbitos de liderazgo representó Walton en aquella formación histórica ninguno iguala al de artilugio motriz del equipo, cualquiera que fuese su situación en el mapa de pista. Ramsay lo resumía de forma simple: “Walton era la quintaesencia del juego colectivo”.

Entrando en un detalle crucial el veterano cronista Jack McCallum lo recordaba como el primer cinco en afrontar la defensa rival de cara incluso más allá del poste alto. Atribuía a Walton una singular mentalidad de backcourt que unida al pase como “la cualidad más orgánica de su juego” presentaban al center con mayor calidad de pase en la NBA del siglo XX. Y aunque no sea posible abordar a Walton sin la sombra de las lesiones, aún hoy se hace difícil desmentirlo.

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Con perspectiva, su tragedia iría más allá de lo personal. Que el cuerpo traicionara una y otra vez al interior con mejor juego de pies nunca visto privaría a Walton, y de paso al baloncesto, de una exhibición aún muy superior de sus cualidades de serie, que en realidad eran todas. Pero tal vez ninguna tan refinada y superior como su resolución de pase. A juicio de David Halberstam eso era “lo que le hacía un jugador tan diferente y una fuerza tan poderosa (…). El equipo entero llegó a convertirse en una extensión de Walton, de su mente, de sus recursos, de su juego de pases, de su generosidad, de su entusiasmo, de todo lo imaginable” (The Breaks of the Game, David Halberstam, Hachette, 2009).

El historiador prolongaba así una valoración de su primer técnico en la escuela elemental, Rocky Graciano, al que alucinaba de aquel chico flaco y espigado “su capacidad ilimitada de absorber toda enseñanza” hasta trascenderla en la práctica por lo ya “no entrenable”, como resolver situaciones de encierro y presión con soluciones no previstas por nadie. “Nunca entenderé cómo podía hacerlo –recordaba–. Era algo sencillamente increíble” (The Last Banner, Peter May, Simon&Schuster, 1996).

Como inesperada recompensa a todo lo sufrido (hasta 37 intervenciones quirúrgicas) el destino brindaría a Walton la oportunidad más poética en un contexto de ensueño. Su incorporación a los Celtics en septiembre de 1985 abre una última puerta a exhibir todas las virtudes que seguían encerrando su cabeza y sus manos. Rodeado de excelentes pasadores, en medio de la más brillante interpretación del juego de memoria a media pista que hubiese dado la NBA, Walton disfrutaría en los Celtics de 1986, con el cuerpo ya rezagado, de la “ventaja cognitiva propia de los juegos de mesa”. Es junto a aquel grupo de artistas del pase constante, del fluir sin que el balón apenas tocara el suelo, cuando corona, en términos de astucia y madurez, “la hipnótica magia de su baloncesto artimaña” (Tributo a una cumbre, Yahoo, 2014).

Sesenta años después del hallazgo de Dehnert, una de las acciones más singulares y replicadas con éxito de aquel equipo hechicero, estiraba a Walton más allá de los codos de la zona esperando, no al corte de todos los demás: tan solo al de Larry Bird. La relación mnemotécnica entre ambos, su finísimo sentido de la sincronía, la interpretación elástica del 2x2 entre pívot y alero aún no igualada en inteligencia, forman ya parte de los grandes tesoros en el vasto museo del juego.

Mientras Walton saboreaba la gloria por última vez, como si el tiempo hilvanara con una hebra invisible a unos pocos elegidos, despuntaba ya al otro lado del Atlántico un joven sin herencia conocida, un jugador soviético de nombre Arvydas Sabonis, que parecía haber nacido para romper todo molde anterior.

A estas alturas Sabonis ha sido explicado desde toda perspectiva posible. Pero en la cuestión que nos concierne, como una antología de hombres altos que trascendieron los parámetros del pase, sigue resultando sumamente revelador el asombro que despertó en la primera vanguardia americana del scouting internacional. Uno de los testigos de la gira soviética de 1982 por Estados Unidos, hechizado por las evoluciones en pista de aquel jovencito de 17 años, elaboraba una primera teoría que alejaba su perfil de los números, que por muy abundantes que pudieran ser no recogían su verdadero valor. El autor fabulaba con Sabonis como “el base más alto del mundo” (Malcolm Moran, The New York Times, 15/XI/1982). En la misma línea el seleccionador estadounidense Bobby Knight, cuyos muchachos de Indiana se habían medido a él en aquella gira y que dos años después tendría sobre su mesa un informe completo antes del boicot soviético a los Juegos de Los Ángeles, calificaba a la perla soviética como “potencialmente el mejor jugador del mundo, amateur o profesional” (L.A. Times, 7/VI/1984), comparándolo precisamente a la versión joven y sana de Bill Walton.

En aquel periodo iniciático previo a la grave lesión que partirá en dos su carrera, la porción más fascinante para los testigos americanos, superior a la increíble soltura y calidad de tiro en sus 2.20, guardaba relación con su lectura del juego, o mejor, con su ejecución colectiva a través de pases de extrañas precisión y templanza. Tan solo en este sentido bastan los testimonios de una pequeña selección de técnicos que pudieron verlo en juvenil esplendor. A menudo, remataban los elogios con una acción concreta, un ejemplo, algo que pudiera apresar el insólito talento que encerraba aquel gigante ligero.

Como el mayor experto en hombres altos que había en el mundo Pete Newell remitía en Sabonis a la finesse de Abdul-Jabbar por la suavidad de sus gestos técnicos y la inconfundible sutileza en el toque final de sus dedos. Lo maravillaban su irreal condición de alero y la poderosa fortaleza de sus manos, que en una mente privilegiada y una talla titánica convertían sus entregas en algo indefendible. “De hecho hace una cosa –precisaba Newell– que no había visto antes en ningún otro jugador de gran estatura. En el poste bajo Sabonis aguarda el balón con una sola mano y con ella dirige los pases. Mientras, con la otra mantiene bajo control a su par defensivo y así es capaz de pivotar en cualquier dirección en función de lo que haga el defensor” (A Lithuanian Basketball Star, Sam Toperoff, The Atlantic Monthly Co., jul. 1986). Este será uno de los arquetipos a lo largo de toda su carrera: el poste en toda situación preparando por sorpresa la posibilidad del pase, su dirección y momento, desde una posición inalcanzable a su par. Una mano diestra que orbitaba unos segundos antes de deshacerse del balón.

Newell fue uno de los acompañantes de Bobby Knight en la gira por Japón el verano de 1985. Los soviéticos se pasearon ante americanos, holandeses y nipones, y en particular Sabonis parecía estar abusando de niños. Newell recordaría siempre una portentosa acción del lituano, un rebote muy esquinado que capturó desequilibrado a una sola mano y aún dispuso tiempo para acunar el balón –“como los lanzadores de disco”– y descargar con increíble precisión un pase de 25 metros hacia la otra canasta donde un compañero desmarcado acabaría anotando una sencilla bandeja. “Una jugada inolvidable –cerraba el técnico–. Nunca vi nada igual” (La utopía Sabonis, Invasión o victoria, Ed. JC, 2012).

En realidad Newell había visto algo así. Pruebas de cruzar el balón la pista de fondo a fondo de manos de un pívot habían prodigado el Chamberlain angelino como un pitcher de béisbol y el hercúleo Unseld en forma de outlet pass a dos manos que rescatará mucho después Kevin Love. Pero por sus palabras, testigo de la escena, no al nivel de brillo intuido en Sabonis, que podía replicar esos dos precedentes con la presunción del recreo.

Ese añadido no desaparecerá nunca. De las innumerables facultades de Sabonis de principio a fin de carrera, una permanecerá intacta a toda edad y condición física. Su cobertura de envíos y resolución en toda la cartografía de pista será la mayor vista en un interior hasta su irrupción. Todo cuanto había exhibido el Chamberlain maduro lo resuelve el joven Sabonis de manera natural hasta lo infantil. Y mientras su perfil prelesión admitía una tendencia al pase terminal, a la asistencia fulminante, toda su versión posterior, más calmada y menos presumida, se inclinará más a la distribución del juego de ataque como poste de circulación sin reducirse jamás su solvencia para el pase final.

Contaba Arturas Karnisovas una experiencia sufrida en el primer entrenamiento de Lituania en los Juegos de Barcelona que lo marcó para siempre. Como testigo directo de tener a Sabonis en el poste alto rifando el pase como una hélice recibió un balonazo que lo hizo sangrar de la nariz. “Desde aquel día –contaba al joven Christian Clark– siempre me dispuse a esperar su envío. Y daba igual dónde estuviera mi par. Todo lo que tenía que hacer era cortar porque sabía que me iba a llegar el balón. Sabonis era el único jugador que sabías que al darle el balón te lo iba a devolver (en mejor situación)”. Sorprende la similitud de la escena con las vividas por los compañeros del primer Magic Johnson.

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Por eso encierra una gran paradoja que su versión última en la NBA redujera su potencial asistente mucho más de lo deseable. Agravado por el tradicionalismo de Carlesimo y Dunleavy, el enorme tamaño de Sabonis, en el contexto de fuerza bruta previo al cambio de reglamento, se estimaba un bien superior, y como todo entonces, a la baja, al igual que sus ya remotos impulsos narcisistas. Nada de ello le impedirá sellar también allí su genial impronta.

Curiosamente será en aquel entorno a salvo de creatividad donde emerja una de las grandes excepciones del cambio de siglo. Los Kings de Rick Adelman promueven entonces un estilo brillante y novedoso que rescataba la media pintura como riquísimo espacio de circulación que remontaba a los mejores Celtics de los ochenta. Además de blindar, como ellos, un quinteto hasta cerrar todas las costuras era necesaria una pareja interior con un estándar de pase muy superior al resto. Por eso se hace difícil aludir a Vlade Divac sin la compañía de Chris Webber. Pero desde mucho tiempo atrás el serbio ya incorporaba sus propias cualidades de serie que en los Kings estallarían por completo. Su delicada exuberancia en el uso del balón y frecuentes secuencias de pase corto a través de líneas defensivas aparentemente cerradas situaron su intención táctica muy por encima del panorama general de la década, donde ocuparían el trono en el llamado juego de memoria. Será precisamente a la ausencia de Webber, por lesión, que Divac alcance en 2004 su tope asistente de carrera (5.3) jugando su décimo quinta y penúltima temporada NBA, cuando de su juego solo sobreviva la inteligencia.

De algún modo Divac proyecta una posibilidad antes de su posterior desarrollo. Figura un molde interior de gran visión y agudísima riqueza en la ejecución del pase, no necesariamente terminal, que impulsará un poco más la idea del pívot transitivo. Divac materializa por fin la regularidad necesaria de lo que otros homólogos habían venido insinuando en voz baja, no solo durante el dominio de Lakers y Celtics en los ochenta, sino también en el caótico periodo posterior hasta la retirada del serbio. Estirados en ese amplio periodo son ejemplos puntuales Mychal Thompson, Jeff Ruland, Brad Daugherty, Christian Laettner, David Robinson o Brad Miller. Pero todos ellos sin una incidencia real en un panorama que los inhibe y aplasta, que no valida la posibilidad como motor de algo nuevo. A la espera del siguiente salto, lo verdaderamente innovador latía lentamente bajo el sustrato del juego en términos de versatilidad, una de cuyas primeras crestas resume como nadie Kevin Garnett.

Esta es la razón de que Joakim Noah pertenezca a esos ejemplos de superficie. Porque el baloncesto de los Bulls, cuando el pívot francés hace estallar su potencial de pase, correspondía aún a la etapa anterior, la que estaba a punto de desaparecer. Entre 2013 y 2016, frenados por el ritmo anómalamente lento impuesto por Thibodeau, despunta Noah como una solución de fondo para innumerables atascos ofensivos. De un modo no muy distante tomará su relevo DeMarcus Cousins en el caos final en Sacramento y poco después en el dopaje de ritmo y espacio abiertos en Nueva Orleans.

Por encima de esta agitación histórica, incluso al margen de saber si fue antes el pívot pasador o el estímulo táctico que lo promueva, y tan solo como impulso y talento natural para ello, sobresalen los hermanos Gasol.

Pau y Marc nunca fueron iguales, no comparten estrictamente el mismo tiempo y las diferencias técnicas pueden ser acusadas, pero ambos trazan una misma herencia, académica y genética, que cristaliza en una interpretación del juego sospechosamente similar. Mientras la carrera de Pau promovió su rol como poste de circulación, como un aclarador del juego en torno a los elbows, Marc tendió a ampliar el rango de pase a coberturas mucho más altas, hasta organizar desde su gestación el ataque posicional. Y con tal frecuencia que hizo de sí mismo un arquetipo que durante años le ha pertenecido a solas. “Ligeramente rezagado Marc Gasol cruza erguido la pista al trote, con los codos muy cerrados y los pulgares arriba, hasta detenerse, como una orden, en la cabeza de la bombilla, de la que ha hecho un vestíbulo: al primer o segundo pase recibe el balón y el ataque arranca exactamente ahí, con él como faro, en la posición más privilegiada: la de mando y vigía” (La Roca, Kiaenzona, 2014). A diferencia de Marc, de su escenario más compacto y menos variable, un entorno que favorece el talento del líder, Pau tuvo que adaptarse a variaciones tácticas mucho más pronunciadas. Y en todas ellas con igual solvencia para la pivot-play. Antes que resolver canastas al hombre libre puede que ningún valor iguale en Pau Gasol a su poder para ventilar cargas de juego, como una puerta intermedia que da paso una y otra vez al lado débil.

Ambos son, como interiores, la representación más alta de esa vaga noción de Basketball IQ, que a falta de una definición exacta se entrega por inercia al volumen y calidad de pase, a la resolución colectiva y mejora del entorno. Menos impreciso es agruparles en el valiosísimo grupo de los Skilled Big Men, del que los Gasol y su legado difícilmente saldrán en términos de cumbre histórica.

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Andando el tiempo y pese a grandes diferencias, es por Divac, por los Gasol y por el puntual ejemplo de Noah, por esos poquísimos centers de gran exuberancia pasadora, prototipos más bien fuera de catálogo en la época que los ha visto jugar, que incluso entrado el siglo XXI es posible hablar de críptidos. Porque pertenecen en esencia a la etapa anterior, que seguía sin promover la creación en los centers salvo que unos pocos centers resolvieran lo contrario. Ellos son al fin y al cabo el cierre definitivo, el final previo al estallido del ritmo y la nueva revolución del juego, que multiplicará el número de pases por todas las posiciones hasta disolverlas, un fenómeno ya insinuado por Mike D’Antoni en los Suns de 2006 a través de Boris Diaw y que correrá a extenderse en la década siguiente en el llamado Small Ball.

Ese nuevo comercio del juego pequeño acabará derribando la histórica barrera entre grandes y pequeños, la división en dos partes, sus funciones acordes y hasta su ubicación en pista. Se abriría por fin la posibilidad de subvertir el orden anterior y camuflar a los interiores en el lugar y funciones del juego exterior. Todo en nombre de la ventaja. “La nueva ingeniería ofensiva explora como nunca antes el mismatch inmediato. Y al abrirse el juego, arrancar a los interiores de su viejo nicho y promiscuir los cruces, los desajustes se multiplican exponencialmente. Por eso la pintura ha perdido su hegemonía como vector de ataque. Porque ya no hay ventaja en instalar dos grandes patrullando el interior. O se suman activamente al acordeón de ataque o desaparecen en favor de quintetos más pequeños, más rápidos y más difíciles de defender” (El preludio de los futuros dioses, JotDown, 2016). Aquí reside el principio de una de las mayores rupturas con el pasado que ha conocido el baloncesto y una de sus mayores secuelas: la readaptación del center hasta transformar por completo sus cualidades. “No habrá defunción del pívot, nunca del hombre grande. Lo que ha comenzado a apremiarle es una profunda transformación para adaptarse y sobrevivir en las nuevas condiciones, que exigen ampliar el rango de producción y sumarse a la fiesta del perímetro”. No solo a través del lanzamiento, sino muy por encima, de la nueva cadencia y volumen de pases de toda cobertura, de hacer finalmente al center un pasador y aprender a serlo ya desde su formación primaria.

El cambio es mucho más radical de lo previsto. Nunca hasta ahora había sido puesto el pívot en un escenario vital similar al que las nuevas condiciones determinan: triplismo, espacio abierto, ritmo rápido y disolución posicional, mayor cuanto más alta la posición. Por eso los cuatros y cincos han sido los más afectados por el cambio. Porque este nuevo escenario requiere un interior adecuado, nuevo en lo técnico y nuevo en lo táctico.

En lo técnico incorpora el tiro, una amenaza ya constante a la manera de Porzingis o Towns. En lo táctico, la exigencia es mayor; consiste en sumarse al playmaking generalizado. Bien al modo de Draymond Green, que encarna en sí mismo la nueva revolución, o bien como Al Horford, que es lo mismo que distinguir entre cubrir toda la pista o concentrar la distribución en el ataque posicional. Más allá de matices que se disuelven solos, si este nuevo orden se impone, si las nuevas demandas del hombre alto se concretan en las próximas generaciones, el nuevo yacimiento hará ya imposible una selección como esta. Porque ya no habrá nada que transgredir.

Más aún vista la mayor transgresión de todas, el inesperado milagro de Nikola Jokic.

El jugador serbio irrumpe, sobre toda otra consideración, para derribar todas las nociones preconcebidas de cómo manejarse un jugador de frontcourt; y muy en particular, lo que el baloncesto ha conocido como center.

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Un momento decisivo en su corta carrera vino motivado por una pequeña crisis. Tras caer en casa ante los débiles Suns rematando un pésimo enero el técnico Mike Malone, como arrepentido de levantar barrotes, prometió al equipo marcar menos jugadas para alentar la autonomía de sus jugadores. El foco de esa nueva autonomía era liberar en Jokic su mayor potencial: la creación ofensiva. El resultado fue inmediato. Los siguientes ocho partidos los Nuggets desataron el mejor ataque NBA (113.3 x 100) –que ya completaron la temporada anterior–, la mejor proporción asistencias-pérdida, Jokic rozaba el triple-doble y superaba las 8 asistencias por noche. En un intervalo de un mes su promedio en pases de canasta superaba a 25 bases titulares de la liga con alguna salvedad insólita: mientras su incremento de touches fue drástico su consumo de posesión no figuraba ni entre los sesenta primeros de la liga. Era como si sus manos vaporizasen el balón y el juego se hiciera baloncesto líquido.

Jokic venía delineando antes esa posibilidad, solo que de pronto, en apenas un rato de carrera, uno de los ataques más brillantes en la era del ataque, quedaba plenamente en manos de un center sin que del center no resistiese más que el tamaño. En esencia, de arriba abajo, estábamos ante un point guard y su primaria función de playmaker, de creador principal del juego.

El veterano Richard Jefferson, que había compartido pista con proyectores de nivel histórico como Jason Kidd o LeBron James, calificaba sorprendido a Jokic como “the most talented passing center that the league has seen”. Añadía que mientras los grandes pívots pasadores de otras épocas promovían su talento “desde el poste bajo o forzados por las ayudas, Jokic dirigía contrataques y disparaba todo posible género de pases”.

Mientras los nuevos jugadores grandes fueron ampliando facultades técnicas muy por encima de lo que intuyó el pasado, seguían siendo básicamente finalizadores, precisaban de los compañeros como recursos para ellos. Jokic, en cambio, rompe a placer esa ecuación, y más que poner a prueba los límites del hombre alto viene a crear uno nuevo.

Con el mando del ataque en sus manos el analista Seerat Sohi lo describía como un superordenador que vigila y calcula probabilidades sin ningún sesgo para sus otras destrezas. Nada más cierto. Mientras Jokic no se entrega al backcourt no deja de ser un interior con sus virtudes y defectos, con sus despacios y posteos al aro desprovistos de atletismo. Solo que actuando como base y director, en toda situación y rodeado de factores circulantes, multiplica las probabilidades de solución hasta el infinito. A la coreografía defensiva rival Jokic reacciona como una centrifugadora que anticipa y exprime todo posible vacío. No hay un solo movimiento del resto que no contemple como una oportunidad. Y donde los demás, incluidos nosotros, observan caos Jokic detecta avenidas de luz, como si actuara un segundo antes de la realidad.

El fascinante perfil abierto con el joven pívot serbio rebasa incluso las fronteras de este artículo. No es ya que su ratio de asistencias por uso sugiera una cumbre histórica entre los hombres altos. Es que su potencial pasador, descubierto del todo en tan poco tiempo, corre a fundirse con el de los mejores nunca habidos sin discriminación posicional. En multitud de sus desenlaces de ataque hay granos enteros del mejor Larry Bird y su mágica identidad entre improvisación e inteligencia.

Su cobertura de pases ignora también todo límite. Apenas recibido el balón, a siete, ocho o diez metros del aro, Jokic ya simula un radar que, en aparente cámara lenta, detecta circuitos ocultos que además es capaz de resolver. Y esta propiedad ha sido siempre exclusiva de los más grandes pasadores que ha dado el baloncesto. “Innumerables asistencias conectan puntos que todo el mundo ve –reflejaba Zach Lowe–. Jokic en cambio alumbra tiros (posibilidades) que de otra manera (sin él) no existirían”.

No debería sorprender la masiva presencia de jugadores europeos en esta selección. No basta el instinto natural. Es necesario el ambiente que lo estimule. Y de algún modo todos y cada uno de ellos encierran la quintaesencia del magisterio europeo y su solidaria cultura del juego. Donde sí acude una hermosa paradoja es que sean miembros de la versión más conservadora del juego los que mayor influjo han podido ejercer para derribar los últimos barrotes de esa posición secular.

En toda esta escala creciente, larga y complicada, Nikola Jokic sobresale así como la cumbre de una cadena trófica que la historia del pívot ha escrito devorando a la versión anterior. Si la quinta fue la posición menos libre y de misión más cerrada, Jokic tampoco ha dado muerte al pívot. Ha regenerado su idea por completo hasta verla renacer. Un siglo después ha entregado a Lapchick el regalo original de Dehnert. Y sin dar la espalda. Con el aro y el futuro de frente.

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Puede que en el fondo Jokic no haya venido únicamente para reescribir la función del hombre alto. También para redefinir hasta lo incómodo qué es o cómo puede ser una estrella NBA. Pero esa es ya otra cuestión.


Gonzalo Vázquez

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