Ni Miguel Indurain ni el equipo Banesto tenían cien por cien claro si debían participar en el Giro de Italia de 1992. Entonces, la gran vuelta italiana casi coincidía en fechas con la Vuelta a España, ya que ésta se disputaba a finales de abril. Un año antes Indurain fue segundo en La Vuelta meses antes de ganar su primer Tour de Francia y, a priori, parecía que lo más sensato era alinear al navarro y ya gran figura del ciclismo español en la carrera de casa con el único objetivo de intentar ganarla y aumentar aún más su popularidad.
Tras ganar el Giro de Italia en Milán el 14 de junio de 1992, el propio Indurain confesó que él y el Banesto planificaron correr esta gran vuelta como preparación para el Tour de Francia y también huyendo de la presión mediática que seguro se hubiera encontrado en La Vuelta. Pero hay más efectos causales: la idea inicial del principal equipo español era que el francés Jean-François Bernard fuera el jefe de filas y que Indurain fuera construyendo su forma para, en julio, ganar su segundo Tour consecutivo.
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En la tercera etapa, la carretera puso a todos en su sitio. Indurain se aprovechó de un movimiento de Chiapucci para ponerse líder sin buscarlo. En Arezzo ganó en aquella jornada ganó Max Sciandri, casualmente hoy en día uno de los directores del Movistar Team (la estructura del Banesto). Confesó Miguelón ante los medios que la idea era ponerse líder en la contrarreloj del día siguiente con final en San Sepolcro. Ganó la etapa y distanció a todos sus rivales.

Miguel Indurain y Armand De las Cuevas, en el Giro de Italia 1992 con Miguel vestido con la maglia rosa de líder

Fuente de la imagen: Imago

El resto de carrera no fue un paseo para Indurain, pero casi. Llevó la maglia rosa desde la tercera hasta la 21ª etapa y apenas pasó apuros en montaña. Ni Claudio Chiapucci ni el campeón defensor, Franco Chioccioli, fueron una amenaza para él. En esa crono final en la que el ciclismo y el deporte español celebraron el segundo gran éxito de la carrera del gigante de Villava, dejó otra de esas fotos que han pasado a la posteridad: su doblaje sideral a Chiapucci.
A un joven Indurain de 27 años y ya con dos grandes vueltas en su palmarés y a escasas semanas de iniciar el asalto al que sería su segundo Tour de Francia, ya le comparaban con Merckx o Anquetil. Su respuesta, un reflejo de su personalidad humilde: “Lo agradezco, pero no se puede comparar”.
Indurain Larraya también se dio cuenta de que el cariño y respeto que ya le profesaban los aficionados y ciclistas rivales italianos en el Giro de Italia era un motivo más que suficiente para seguir repitiendo: como sucedió en 1993 y 1994. De hecho, no volvió a correr La Vuelta hasta 1996, y el desenlace de esa historia ya es de sobra conocido y doloroso.
El mejor ciclista español de todos los tiempos encontró en el Giro un escenario propicio para construir esa grandeza. Treinta años después de su primera victoria, todo el mundo la sigue recordando y admirando.
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