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La heroicidad del ciclista que llegó el último en la París-Roubaix 2018 y que merece ser contada

La heroicidad del ciclista que llegó el último en la París-Roubaix 2018 y que merece ser contada

El 11/04/2018 a las 20:05Actualizado El 13/04/2018 a las 11:04

El nombre propio de la París-Roubaix no fue Peter Sagan, tampoco el tristemente fallecido Michael Goolaerts. La carrera más dura del mundo según muchos corredores y amantes del ciclismo guarda historias como la de Evaldas Siskevicius, el lituano que llegó a más de una hora de Sagan viviendo una auténtica odisea hasta el velódromo.

Peter Sagan no se ha llevado toda la gloria de la París-Roubaix 2018. Tampoco el honroso subcampeón Sylvain Dillier, como ni tan siquiera Marc Soler en su debut o Niki Terpstra por completar el podio y demostrar que llegaba fortísimo. Llegar al velódromo y acabar la carrera ya es toda una heroicidad, por esta razón parte de esa gloria la merece el ciclista lituano Evaldas Siskevicius.

Su historia, especialmente por su terquedad en acabar la carrera pese a saber que iba a llegar fuera de control y por tanto que su nombre no figurara en los registros de la carrera, merece ser contada.

El corredor del equipo francés Delko Marseille quedó descolgado incluso del último grupo de ciclistas, pero no quiso abandonar y subirse al tradicional coche escoba. A sólo 40 kilómetros de meta le advirtieron de que Sagan ya había ganado la carrera y le invitaron a bajarse de la bici, pero tal y como dijo “por mis pelot…” quiso terminar la carrera.

La heroicidad aumenta cuando él mismo tuvo que reparar sus propios pinchazos ya que ni siquiera los coches de su propio equipo iban con él, porque uno de ellos se había estropeado y circulaba en una grúa, un giro aún más dramático a la historia. La carrera había terminado hacía más de una hora, pero su ímpetu y el apoyo incondicional del público hizo que no se bajara, que quisiera seguir.

Hasta que llegó al mítico velódromo de Roubaix y se encontró con que las puertas estaban cerradas y allí ya no quedaba nadie. Sagan ya había recogido su trofeo, los aficionados habían vitoreado al eslovaco y vivido toda la jornada y allí solo había operarios de la organización de la carrera recogiendo, pero le abrieron las puertas y al menos le dejaron pasar para completar la vuelta de honor y al menos darse ese gustazo.

"No me gusta renunciar ni a la bicicleta ni a otras cosas en la vida, ni quería rendirme por respeto a la organización. La París-Roubaix es un monumento que debes honrar. Llegué al velódromo y la organización ya había cerrado la puerta pero fueron comprensivos y me dejaron entrar para dar la vuelta y media a la pista", dijo a la televisión flamenca Sporza.

Lo que no ha trascendido, aunque es de suponer que sí, es si también le dejaron ducharse en las míticas duchas del velódromo, una imagen icónica de la carrera y donde en cada puesto de ese vestuario están grabados los nombres de los ganadores. El de Siskevicius es posible que jamás esté inscrito en ese vetusto mármol porque nunca ganará una Roubaix. Al menos, ganó la suya propia.

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