La opinión de Sergio M. Gutiérrez | Tadej vs Jonas

Es bueno que los dos sonrían más de lo que acostumbran a ir mohínos. Son el presente del Tour de Francia y, por tanto, el mayor capital del ciclismo mundial en una época de extraordinaria riqueza de campeones. Tadej sonríe porque lo lleva en el carácter, porque le gusta y le apetece. Jonas, porque es lo correcto, porque le han enseñado a hacerlo y además porque no le agradaría parecer descortés.

Tadej Pogacar and Jonas Vingegaard

Fuente de la imagen: Getty Images

Tadej Pogacar y Jonas Vingegaard son distintos, y ello les alimenta. Se enriquecen mutuamente con el desafío que el otro les propone. Crecen, se vigilan desde sus bicicletas y a ratos desde sus respectivos caminos. Porque cada cual sigue una ruta propia para llegar ambos al mismo lugar, aunque sólo uno llegará primero.
Menudo fastidio haber coincidido. Menuda alegría.

El caníbal vs Vlad el Empalador

Tadej lo gana todo, tanto que lo han querido apodar caníbal; tanto, tanto, tanto que incluso Eddy Merckx ha entregado gustoso el apodo a quien considera su legítimo heredero. Se equivoca: no les mueve la misma energía. Más que montar como si cada día fuera el último y no aguardaran esfuerzos posteriores, Pogacar monta como si cada día fuera el primero y no existiese mayor ilusión. No importa la magnitud de la carrera. Ni siquiera influye la entidad del rival. Él promete seguir corriendo como aquella vez, cuando tenía apenas doce años y sin querer hizo creer a todos que estaba descolgado (claro, cien metros por detrás de los mayores, tratando de alcanzarlos…), cuando en realidad se encontraba a punto de doblarlos.
Jonas sólo aspira a ganar el Tour de Francia. O no sólo, pero sí casi. Calcula todo lo que debe calcular, cuida todo lo que puede cuidar. Y se refugia en el equipo. Es la mejor forma de hacerlo, entiende. Si su cuerpo no rinde en carreras de un día, él no participa en carreras de un día. Punto. Programa su calendario sin conceder un solo esfuerzo para la galería. No derrocha un vatio, en todo caso lo invierte y al final a veces lo pierde porque en el deporte de élite tarde o temprano habrás de arriesgar. Él es muy ambicioso cuando merece la pena serlo, aunque le estén colgando el sambenito de ganar por rácano, reuniendo las migajas del esfuerzo ajeno.
El año pasado, cuando estaba a punto de ganar su primer Tour, escribí una pieza juguetona titulada "Jonas Vingegaard, el dictador Ceacescu y Vlad el Empalador". Quedó bien hilada, creo, pero hubo quien se regodeó en la oscuridad y el carácter siniestro de los otros dos nombres. Gustó entre los que son muy de Pogacar, vaya.

Tadej

Tadej Pogacar tiene cara de travieso, como de Tintín hipermoderno o de humano elegido y protegido por los dioses, o como esos superhéroes de Marvel que se mofan un poco del malo antes de acabar poniéndole las esposas, pues si de algo pueden estar seguros en la vida es de que el guion al final dirá de un modo u otro que la victoria es para ellos. Hay quien confunde su estilo de ir en bici con prepotencia. No es eso, hombre. Lo que ocurre es que Tadej se divierte trabajando, y en verdad os digo que divertirse trabajando, cuando no se disimula un poco, acaba levantando envidias.
Pogacar siempre ataca, eso lo sabemos todos. Ataca sin miedo, pero también sin demasiado cuidado. Ataca con un entusiasmo infantil, como el Peter Sagan de sus inicios o como un ciclista aventurero de comienzos del siglo pasado, de aquellos a los que si acaso vimos apenas en una foto y por supuesto sólo en blanco y negro. Nada que ver con lo que hacían Froome y el viejo Team Sky, por ejemplo, no hace tantos años. Hay quien afirma que el esloveno ataca también sin compasión, explican que como el caimán Hinault. Bueno, en realidad carece de edad para tener referentes muy antiguos, pero de él ya se cuentan y se contarán para siempre historias de todos los tipos: que fue un campeón precoz (en 2020, el más joven en la era posbélica), un campeón devastador (en 2021, cuando superó por más de cinco minutos a un Vingegaard puede que algo mermado) y un campeón derrotado (en 2022, el Tour en el que simplemente perdió).
Los héroes que caen y se levantan son mucho más cinematográficos.
Este muchacho, en fin, pone a prueba constantemente sus superpoderes, ya que desconoce dónde se hallan sus propios límites. Y al final, esa misma alegría contagiosa que enamora se convierte en su criptonita, en su mayor o única debilidad: no calcula, apenas mide, va de sobrado porque ningún villano le ha hecho nunca algo más grave que un rasguño. Será el nuevo caníbal, vale, pero es un caníbal sin hambre. No acumula triunfos por voracidad, sino para echar el rato.

Jonas

Jonas Vingegaard tiene cara de monaguillo (y alma quizá de campesino humilde), pero el destino le ha encomendado esta misión de malvado atormentado. Él, en fin, debe hacer todo lo que esté en su mano para derrotar al héroe, al más amado, al simpático y descarado y espectacular y alocado, al genuino mesías de los pedales, hijo predilecto de casi todos los aficionados al ciclismo. A su natural enemigo.
Su estrategia para ganar el Tour se desarrolla también cuando no está subido en la bicicleta.
El cine contemporáneo se esfuerza por demostrarnos que los malos pocas veces lo son de verdad, como si el mal puro no existiera, como si no se hallase de forma bruta en el ser humano o siquiera en unos pocos seres humanos. A los malos de hoy día casi siempre les sobran los motivos. De modo que si alguien contase la historia de este antihéroe llamado Jonas, iniciaría el guion en su pueblito danés de Hillerslev, dando el joven Vingegaard los buenos días muy educadamente a cada uno de los vecinos que se cruzan en su camino, ayudando a una viejita a meter en casa un canasto de hortalizas, marchando alegre a trabajar a primerísima hora de la mañana, limpiando después pescado sin rechistar, durante seis u ocho horas, y terminando su jornada como un rayo para agarrar la bicicleta y salir a entrenar. Entrenar con la dureza de un profesional. Esa sería la historia, blanca, apta para todos los públicos, del villano Jonas Vingegaard. Si acaso, sólo se entrevería en alguna secuencia un atisbo de sombra en su mirada limpia, pura, algún tormento oculto pero mundanal, propio de quien lleva una vida tan sencilla. Parecería un líder positivo, más que la personificación del mal.
Jonas es prudente, más bien tímido, callado, le gusta entrenar solo. Valora las cosas sencillas, su vida familiar y sus raíces, y por eso las conserva en la medida de lo posible pese a ser poco menos que un icono nacional. Por eso sigue viviendo esencialmente en su pueblito de 400 habitantes, y no en Andorra o en Mónaco. Sabe que cada cosa que hace o dice se exagerará y se pervertirá. Dirán que es hosco y raro cuando necesite aislarse del bullicio. Dirán incluso que está deprimido sólo porque decide tomarse unas vacaciones tras ganar el Tour. Qué podría esperar: le ha tocado el papel de malo.
Tadej Pogacar es exactamente lo que el ciclismo necesitaba. Jonas es exactamente lo que el relato necesitaba… siempre que no gane muy a menudo. Porque la narración queda mucho más redonda y todo el mundo se va más contento a casa si el antagonista es duro de pelar pero al final cae brillantemente derrotado.
Sergio Manuel Gutiérrez es comentarista de Eurosport España.
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El Tour entra en erupción: Pogacar vuelve a soltar a Vingegaard y Carlos Rodríguez mira al podio

Autor del vídeo: Eurosport

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