Brasil, un país que se levanta con fútbol, come con fútbol y duerme con fútbol, porque su religión oficial es el fútbol, puede presumir de ser el origen inequívoco de una estirpe ancestral de centauros con alma de artistas. En su amplia colección de laterales, mitad samba, mitad portento, la leyenda nos traslada hasta un nombre propio: Carlos Alberto, un mito hecho pelota. Instalado en ese panteón sagrado, como ilustre miembros del selecto club de centellas por la banda, aparece el nombre de una gacela, Marcos Evangelista de Moraes, más conocido por Cafú. Rápido, potente, delicado en cada toque, feroz en la ida y salvaje en la vuelta, aquel animal con el dos cosido a la espalda dejó huella .Cómo no rememorar la zurda cósmica de Roberto Carlos, aquel pigmeo de sonrisa eterna y patada atómica, aquel pequeño gran hombre que fue canela fina. Dentro y fuera del campo. Formidable jugador y mejor persona, aquel cañón memorable siempre formará parte del álbum dorado del catálogo brasileño. Qué decir de Branco, que tenía siete pulmones, y que no pegaba a la pelota, sino que soltaba coces como misiles teledirigidos. Hoy, como producto made in Brasil, asoma Marcelo. Un tipo alegre, imprevisible, anárquico y eléctrico. Un taladro para cualquier defensa. Y ahí, como miembro ilustre del club del lateral brasileño, en un lugar de honor, por derecho propio, figura Daniel Alves. Motor diesel infatigable, potencia inusitada, ferocidad en defensa y martillo pilón en ataque, Alves lleva toda una vida triunfando en el fútbol. Su regularidad aplastante, su rebeldía constante y su pelea contra el reloj biológico le encumbran. Nunca ha sido una moda, sino tendencia. Lo sigue siendo. Competitivo, incisivo y voraz, Alves no sólo forma parte de ese panteón sagrado de laterales de la historia contemporánea brasileña, sino de todos los tiempos.
Hecho a sí mismo, osado como pocos y valiente como ninguno, Alves construyó su estatus de manera meteórica, con una polivalencia brutal. Lateral diestro, interior, extremo y hasta delantero, se forjó en el modesto Esporte Club Bahía. El Messi de los despachos, Monchi, lo reclutó para su Sevila. Fue el fichaje soñado: un jugador desconocido, que se adaptó en apenas unos meses, que dio rendimiento de estrella y dejó una morterada en el banco. Locomotora del Sevilla y uno de los mejores jugadores de toda su historia, junto a Kanouté, Alves costó 800.000 euros y fue vendido al Barça por 35 kilos más Fernando Navarro. Allí en el Camp Nou, lejos de fracasar, derribó la puerta grande. Fue una bestia parda incontenible con Guardiola, un puñal con Vilanova y un estilete con Luis Enrique. Indiscutible y discutido, personalidad y personaje, carácter y caricatura, Alves fue una de las grandes claves del mejor Barça de todos los tiempos. Audaz, correcaminos, tren de mercancías, expreso imponente y gen competitivo aplastante, Alves siempre fue un paso por delante de sus críticos. Cuando decían que no hacía goles, dejaba un reguero de latigazos desde fuera del área. Cuando decían que no sabía centrar, se sacaba un puñado de morteros desde la banda. Cuando decían que no defendía, metía la pierna hasta el fin de los días. Cuando decían que estaba viejo, corría más que el compañero más joven. Y cuando le dijeron que sobraba en el Barça, cuando decían que su reloj se había parado, se fue gratis, hizo las maletas y demostró que no sólo tenía sitio en la competitiva Juve, sino que era titular sobrado y que, a día de hoy, es uno de sus mejores jugadores.
De Alves se ha dudado, de manera injusta, casi siempre. Sospechoso habitual, azotado por su dudoso gusto por la moda, por sus famosos vídeos interpretando canciones o por sus extravagantes declaraciones, Alves triunfó en Sevilla, maravilló en Brasil, brilló en Barcelona y ahora sigue siendo una fuente de energía en la impenetrable Juventus. Querido y odiado, a partes iguales, pero todavía añorado, Alves sigue siendo un seguro de vida. Competidor bárbaro, atleta impresionante y genio y figura hasta la sepultura, Alves puede caer bien o mal, peor o mejor, pero siempre será recordado como lo que es. Uno de los mejores laterales de la historia reciente del fútbol. Ese honor le pertenece. Sin duda, se lo ha ganado. Todo lo que ha hecho en el fútbol, lo que sigue haciendo, exige y merece un profundo respeto.
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