“A cada persona le llega el turno en el juego una sola vez” parece una frase hecha para Thomas Muller, el indetectable delantero alemán del Bayern, que abrió el marcador y la herida de Koeman, al que le va a costar comerse el turrón. El balón rebotó en el trasero de Eric García, que eligió la menos defensiva de las opciones, girarse de espaldas cuando arma la pierna el delantero rival. El ojito derecho de Luis Enrique siempre sufrirá cuando su equipo no tiene el balón. Su fuerte tiene que ver con el buen manejo, pero un defensa debe empezar por el cruce, la anticipación, la jerarquía o la capacidad de intimidación, como síntoma de la principal carencia de su equipo. El Barça cerró un ciclo glorioso, pero ya no es un grande de Europa, porque no es capaz de mirar a los ojos a equipos como el Bayern.
Su fútbol, como su propuesta de juego, es menor. Más allá de la historia negra reciente, la vulgarización es un lastre demasiado pesado para la exigente parroquia azulgrana si, encima, no va acompañado de un mínimo compromiso. Las sensaciones de impotencia son preocupantes.

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Hay muchas maneras de interpretar los cinco defensas, incluso como un desafío al palco. Los cinco atrás, en realidad, no dejan de ser más que un punto de partida a la hora de configurar un sistema, pero la realidad es que da cierta grima ver a un Barcelona encerrado en su área, con los brazos caídos, una actitud de pura impotencia y tirando pelotazos. Cuando Pedri, De Jong e incluso Memphis son la nada, tienes una radiografía clara del estado de tu equipo. El Barça no tiró ni una sola vez a portería
Aunque el Bayern se dedicó a sestear, Lewandowski es un depredador fuera de serie. Más allá del ruido de sables, Laporta prefiere que se hable mal de su entrenador, en el que nunca creyó, a que se hable de las cuentas del Barça. El agujero, en las cuentas y en la defensa, es de enormes proporciones. Ya no está la esperanza Messi a la que agarrarse.
El pueblo ya solo pide orgullo y se aplauden las tarjetas amarillas a sus pundonorosos canteranos como si fueran caños. Laporta sigue siendo solo una gran pancarta y las “ganas de volver a verlos” son cada día menores. La gran pregunta es cuánto tiempo necesitará el Barça para recuperar la grandeza, que ya no tiene. Como dice Piqué: "Es lo que hay". Cruyff siempre fue sinónimo de revolución, pero Jordi nunca será Johan.
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