La opinión de Sergio M. Gutiérrez: El problema de la inmigración
Publicado 21/10/2024 a las 14:24 GMT+2
Menudo problema tenemos con la inmigración. De acuerdo con el CIS, se trata ya de la mayor preocupación de los españoles, incluso por encima del paro. Al mismo tiempo, y sin percatarnos de la contradicción, luchamos oficialmente muy fuerte y apretamos mucho los puños contra el racismo. Porque no nos gustarán los inmigrantes, pero para nada somos racistas.
Lamine Yamal, Nico Williams.
Fuente de la imagen: Getty Images
Dice Nico Williams cargado de razón que nadie nace siendo racista. Esto es algo muy evidente sobre todo para quien tiene hijos, o para quien trata a menudo con niños. Entonces, si ningún pequeño es racista por propio instinto, si nadie nace odiando a quien tiene un aspecto físico diferente, ¿por qué crecemos y nos convertimos en racistas? En serio, ¿cómo se fabrica un racista? Eh, quienes lo sean, que aquí no hay ninguno. Tú no lo eres y por supuesto yo tampoco.
(Lo más curioso de los prejuicios racistas es que son universales, es decir, comunes a todos los racistas del mundo: los racistas españoles piensan de los inmigrantes africanos poco más o menos lo mismo que pensaban los racistas alemanes de los emigrantes españoles. Y si algún día emigrasen alemanes pobres a Indonesia o a Madagascar, indonesios y malgaches pensarían igual de mal de esos pálidos desaliñados centroeuropeos.)
Pegan a sus mujeres, pues eso les enseñan sus culturas (a diferencia de la nuestra), violan niños y chicas jóvenes (no como nosotros) y delinquen porque lo llevan en el ADN o porque aún son un poco bárbaros. Se resisten a integrarse, en definitiva. Tampoco quiero generalizar, cuidado. No todos los inmigrantes son iguales, supongo, pero algo de cierto habrá cuando nos lo están diciendo todos los días en la tele y en el Congreso, y desde luego en las cuentas en redes sociales que yo sigo, sin que nadie lo haya desmentido jamás con pruebas.
/origin-imgresizer.eurosport.com/2024/08/14/4026931-81676268-2560-1440.jpg)
Lamine Yamal y su padre, Mounir Nasraoui
Fuente de la imagen: Getty Images
(Si alguna vez has pisado un centro de acogida, o has coincidido con algún grupo de migrantes desvalidos pero humanamente recibidos, probablemente hayas empatizado, salvo que seas un saco de escoria. Es lo que suele pasar: empatizas con los seres humanos necesitados que el azar pone frente a ti. Entonces, como todo racista con buen corazón, te dices que precisamente esos migrantes que te han tocado en suerte son buena gente, no como la mayoría.)
Migrantes que meten goles
Bueno, hay que reconocer que a algunos inmigrantes se les da bien lo de meter goles, y ahí ya la cosa cambia. Si meten goles, no son inmigrantes en sentido estricto porque se han integrado en nuestro fútbol. Y qué cosa más importante y más española habrá que el fútbol. O sea, tampoco es cuestión de que vayan a los toros.
El caso es que el país está hecho unos zorros por culpa de los inmigrantes. Qué digo el país, la Unión Europea está patas arriba por culpa de los inmigrantes, que vienen a subirnos el precio de la luz y de la gasolina, y de los alquileres y de los alimentos por el retorcido método de ahogarse en nuestras costas. Por eso los europeos vamos a abrir centros de concentración digo de deportación fuera de nuestras fronteras, siguiendo el modélico ejemplo italiano. Y lo haremos probablemente contra el criterio de algún juez despistado.
(El racismo presenta muchas caras y tiene infinidad de variables. A menudo ni siquiera es puro racismo, sino más bien aporofobia, miedo o repulsión hacia el pobre, ignorancia, mezquindad, rechazo estético, tic autárquico, repliegue tribal. Y también es racismo.)
Ahora bien, aquí necesito poner un pero muy importante a esa idea brillante: antes de deportar a nadie, habrá que hacerle una prueba con la pelota, no sea que el deportado o su hijo vaya para estrella del fútbol y ni Blas se haya dado cuenta. A saber cuántas veces habremos desperdiciado a un Lamine Yamal (mejor no preguntar demasiado alto, por si acaso, cómo llegaron sus padres a Barcelona, él desde Marruecos y ella desde Guinea Ecuatorial), a cuántos hermanos como los Williams nos habremos perdido en nuestra Liga (la madre embarazadísima de Iñaki cruzando el desierto a pie, llegando de milagro a buen puerto, reubicada en Bilbao por un Gobierno inconsciente que se tragó la mentira de que la señora venía de un país en guerra, pues si la señora hubiese dicho la verdad la habrían metido en un avión de vuelta a Ghana), cuántos Samu Omorodion no habrán conseguido nacer en suelo español (esa madre también con barriga de ocho meses entrando por fin en Melilla, pariendo en Melilla, malviviendo con su bebé en un centro de acogida en Melilla). Porque una cosa es que vengan pobres y otra que vengan futbolistas.
Si meten goles, ya digo, el asunto cambia por completo.
Uno preferiría dos estrellas de pura furia, pero a caballo regalado tampoco le vamos a mirar el diente. ¡Que somos campeones de Europa!
Luchar contra el racismo
A partir de ahí, sí. Con esas premisas podemos luchar contra el racismo. Porque el racismo no es bueno. ¿Qué quieren los racistas, que se nos vaya Vinícius?, ¿que perdamos la organización de la Copa del Mundo de 2030? A todos nos gustaría ver a once españoles como Dios manda en el campo, once hombres hechos y derechos como Dani Carvajal, pero la realidad es la que es. Si quieres que el Madrid gane, que el Atleti gane, que el Barça gane, tendrás que tragar con todos esos jugadores de nombre extraño. Ni un García hay ya, ni un Fernández o Hernández. Por lo menos Guti se apellidaba Gutiérrez.
(Me pregunto qué proporción de nuestro racismo es ideológico: rechazo de otra religión, de otra cultura, de otras formas de hacer las cosas, escasa tolerancia hacia lo que no nos agrada.)
/origin-imgresizer.eurosport.com/2023/06/18/3728942-75868768-2560-1440.jpg)
El futbolista Vinícius Junior se arrodilla contra el racismo antes del inicio del partido amistoso entre las selecciones de Brasil y Guinea en Barcelona
Fuente de la imagen: Getty Images
Así que, como dice Nico Williams, a los chavales hay que educarlos bien, en los valores del respeto: si mete goles, si se pone nuestra camiseta, no importa el color de su piel. Es fácil de entender: ¿eres valioso para nuestro país? Te quedas. ¿No? Pues puerta. Me sigue preocupando un poco cómo conjugar esta idea básica con la necesidad perentoria de mandar al ejército a patrullar nuestros mares para evitar la invasión que estamos sufriendo. Supongo que deberemos formar a sargentos ojeadores, o reclutar a los mejores ojeadores del fútbol español como sargentos de la Armada. ¿Hay sargentos en la Armada? Vale, a esto hay que darle una vuelta, pero ya me entendéis: no se puede desperdiciar el talento por puros prejuicios racistas.
En fin, lo que te decía. Una cosa es que nos preocupe la inmigración cada vez más, como es lógico, y otra muy distinta que seamos racistas. Y si no, mira lo que está pasando en nuestro fútbol: si haces el mono, te envían al calabozo y te cierran el estadio. En qué país racista te meterían en la cárcel por llamar negro a un negro. En qué país racista te cerrarían una grada, o todas, por culpa de lo que hacen cuatro gatos a tu lado. Que los demás aficionados no han dicho nada, oiga. ¡Literalmente nada, ni a favor ni en contra! Cómo voy a ser yo racista, además, si me dejo la garganta animando a los jugadores de mi equipo, y casi todos son negros.
¿No andan ahora diciendo los científicos modernetes que las razas no existen? Aclaraos un poco: cómo va a existir el racismo, si ni siquiera existen las razas.
Sergio Manuel Gutiérrez es comentarista de Eurosport España.
Temas relacionados
Anuncio
Anuncio