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Georgia: Kipiani, el Zidane del Cáucaso
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Publicado 28/05/2015 a las 17:17 GMT+2
Es Georgia, ex república soviética, el país de Iósif Stalin, el sátrapa. Y siempre lo será.
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Fuente de la imagen: Eurosport
Pero para endulzar la historia de esta nación independiente desde 1991, al sur de Rusia y vecina de Azerbaiyán, quedará para el recuerdo la bella pero triste historia de Kipiani, el Zidane del Cáucaso, el mejor futbolista de su historia. Al sonido de un acordeón, bebiendo hasta ponerse tristes, como si de una película de Andréi Tarkovski se tratara, es momento de recordar al gran Kipiani, a uno de los últimos bigotudos famosos del balompié por su excelso juego y su temprana muerte a los 49 años.
Con sólo 4,6 millones de habitantes, Georgia, la tierra de Stalin, siempre será altiva y orgullosa. Como en la pacífica Revolución de la Rosas en 2003 que acabó políticamente con Eduard Shevarnadze (mano derecha de Mijail Gorbachov en la glásnost rusa) o en la guerra de 2008 perdida contra las escindidas Osetia del Sur y Abjasia por la intervención implacable de Rusia. Y como proclama su bandera, con cuatro pequeñas cruces de Jorge V de Georgia, aquel que logró la hazaña de expulsar a los mongoles en la Edad Media.
Kipiani (estampa fina de 1,84, bigote negro de los que ya no quedan) era un centrocampista diestro de excelente trato de balón que creció en el Lokomotiv de Tbilisi hasta fichar por el gran club georgiano, el Dínamo (representante de la policía secreta), con el que ganó la Liga soviética en 1978, dos Copas y la Recopa de Europa al Carl Zeiss Jena germano oriental en 1981.
Los mayores éxitos del palmarés futbolístico georgiano fueron aquellos, antes del desmembramiento de la Unión Soviética y la independiencia. Aquél Dínamo protagonizó llamativas victorias continentales, como la del Giuseppe Meazza por 0-1 ante el Inter con gol, por supuesto, de Kipiani.
Todo marchaba como la seda para Kipiani. En 1981 su Dínamo alcanzó el derecho de ser invitado al Trofeo Santiago Bernabéu recién creado dos años antes. Y era uno de los mejores torneos de Europa, no el bolo actual. Duró un minuto sobre el césped en la semifinal perdida finalmente por 4-2 ante los madridistas. Se rompió el fémur. Fue sustituido por Anguladze. Kipiani, claro está, se perdió el tercer y cuarto puesto, enorme victoria de los georgianos por 2-1 ante el Bayern de Múnich.
Kipiani trabajo intensamente para volver. Estaba el aliciente del Mundial de España 82. Recayó en un partido liguero ante el Kuban Krasnodar y eso le dejó fuera. Iba a ir con la URSS, camiseta que vistió en 19 ocasiones. Pero al final se retiraba del fútbol con 30 años. Lloraba Georgia la temprana retirada de Kipiani, ubicada todavía en los orígenes caucasianos de Kipiani por algunos la decisión de no contar al final con él de Konstantin Beskov, el seleccionador. Esas cuitas pendientes tan habituales de las distintas nacionalidades unidas a golpe de tacón.
Tras el fútbol, Kipiani, picado por el gusano del fútbol que le arrebató una mayor gloria, se hizo entrenador. Y hasta ganó seis Ligas con su Dínamo de Tbilisi. Con el aperturismo pudo hasta entrenar en el extranjero, lo que cumplió en el Mechelen belga y el Olympiakos de Nicosia chipriota. También jugó en el fútbol de Chipre otro mito de la época, el incomparable Oleg Blokhin (Aris Limassol). Kipiani llegó a ser seleccionador georgiano un año, en 1997, y también en 2001, justo cuando murió.
Su muerte aun conmociona el recuerdo colectivo de los georgianos. Un accidente de coche, como le sucedió al polaco Deyna, al italiano Scirea o al panameño Rommel Fernández, entre otros, acabó con él ni con 50 años. Fue en la carretera de Tserovani, a 30 kilómetros de Tbilisi. La Copa de Georgia lleva desde entonces su nombre, Copa David Kipiani. Se da la trágica coincidencia de que Vitaly Daraselia, su compañero en el centro del campo, también falleció entre los hierros de un incidente de tráfico con 25 años. Como sacado todo de El séptimo sello de Bergman, La Parca, cuando se emperra, es mucha Parca.
En 1980, al frente del medio campo de su Dínamo, Kipiani jugó el Trofeo Ramón de Carranza, la Champions de los veranos en España cuando vivía el fútbol menos moderno. Empató con el Flamengo de Zico y con el Cádiz y todo se decidió por penaltis, que ya casi no quedan. Aún perdura su mostacho en la medular de la Tacita de Plata, que pudo sorber de los últimos momentos futbolísticos de un futbolista sencillamente excepcional.
@ivancastello
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