En esas, sufriendo, están Barcelona, Atlético y Sevilla, con complicadas clasificaciones a la vista, los otros tres representantes españoles en una Champions que ya se sabe que la juegan once contra once y la gana habitualmente el Madrid, nueve puntos de nueve posibles y a correr.
Una jornada esta última que si por algo queda marcada para la noche de los tiempos es por el problema en el que se ha metido solito el fútbol moderno: el VAR. Dificultad extrema porque, a fin de cuentas, el que decide sigue siendo el ojo humano, con sus opciones de parcialidad todavía sobre la mesa.
Y esas erráticas decisiones tanto en el terreno de juego como en la sala VOR están llevando al juego un día sí y otro pues también a un desconcierto general sin precedentes, a un desesperante nadie entiende nada de manual. Y eso es anarquía y caos, probablemente en las antípodas de la ansiada moviola que iba a eliminar las injusticias.
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Están causando los que antes iban de negro, siempre por sus juicios inexplicables, un daño irreparable a la credibilidad del sistema que iba a salvar al fútbol de la sombra de la duda. Cualquier mano se reinterpreta de cero y se va reinventando una regla que aproxima al balompié más que nunca al balonmano. Bueno, hasta el próximo partido, en el que todo será al revés.
Así es como el Barça, también perjudicado por un penalti en Múnich, sufrió el mayor de los disgustos en Milán contra el Inter: perder por 1-0 a sabiendas de que no debería haber perdido por esa mano ya mítica de Dumfries por mucho que se quiera justificar desde los aduladores del adulado que rozó de cabeza el defensor. Milán, además, escondió otro hecho preocupante desde la óptica azulgrana: todavía no se sabe qué personalidad tiene un equipo lleno de supuestas estrellas y un solo hombre gol. Lewandowski.
Sí que la tiene, la de ganar y ganar y seguir ganando, el campeón, el Madrid, que se lleva los puntos como churros en Europa. Y sin ser necesariamente mejor que el rival, en este caso el esforzado Shakhtar Donetsk, golpeado por la guerra con Rusia pero con el ADN futbolero intacto, ese espíritu del indomable balompié ucraniano, el del vecino Dínamo de Kiev devastado en la Segunda Guerra Mundial.
Luego está el increíble Atlético de Simeone, el de dos de cal y una de arena. Ya suma dos derrotas como visitante sin siquiera marcar. Ni de penalti. Y su única victoria llegó en el descuento contra el Oporto. Números, en el mejor de los casos, para volver a la Europa League que tantas veces ha conquistado. Toca gesta en las tres siguientes jornadas para estar en octavos.
Quien no piensa en eso, porque está en reconstrucción, es el Sevilla que, para certificar la muerte deportiva anunciada de Julen Lopetegui, lo despidió con un pobre encuentro y una goleada 1-4 ante un Borussia Dortmund que se dio un festín sin echar de menos a Haaland, el futbolista total del momento pero en el Manchester City de Guardiola.
De los Haaland, Messi, Leroy Sané, Alexander-Arnold, Bellingham, Giovanni Simeone. Aubameyang y otras estrellas ya seguiremos hablando. Esto es la Champions. Esto no para camino de Estambul. Jornada a jornada en la fase de grupos antes del partido a partido que arranca en los octavos. Verbalizaciones del psicoanálisis perenne al fútbol.
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