Y la tribu de los que facturan siete dígitos presionan y protestan a sus CEOs por trepar y subir al siguiente peldaño, propiciando situaciones esperpénticas, que en algunos casos como en el FC Barcelona, han acabado situando al club al borde del abismo.
La mayoría de los beneficios de la industria del fútbol se va a 150 jugadores. Javier Tebas ya en su día se preguntaba si hay que pagar más a los jugadores para que en lugar de 7 Ferraris se compren 10. Es una metáfora, pero que retrata el mapa de un mundo cuasi obsceno que convive con el mal trago de la sociedad civil, que acaba de conocer una inflación de un 10,2 por ciento en el mes de junio.
Un buen gestor en el fútbol de celebrities es aquel que dice no a los caprichos, el que no permite que se salten las escalas fronterizas en los sueldos. En Europa, el Real Madrid, con Florentino Pérez y José Angel Sánchez, es el club que mejor maneja y detiene las fantasmadas de agentes y divos que se suben a la parra.
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En este escenario, la tesis de moderar el gasto que proclama por ejemplo el Sevilla FC es dura porque todas las empresas del sector buscan además multiplicar sus ingresos para intentar poder competir con el Madrid y el FC Barcelona. Una gestión óptima podría ser ponderada desde la mesura. Pero en España está mejor visto y cala mucho más la activación de nuevos ingresos que obligan a los clubes aspirantes a ocupar los tronos tradicionales, a estar más vivos y agresivos que nunca para poder alimentar las ilusiones de los hinchas inquietos.
En un planeta sano, tan importante y loable debería ser aquel que se ajusta el cinturón y que impide el despilfarro como el que se obliga a sí mismo a buscar ingresos increíbles para pagar nóminas fuera de mercado.
Hay clubes en España, como el Atlético de Madrid, que fuerzan la máquina en los despachos. El Atlético, por ejemplo, va a facturar cuatro veces más por el patrocinador de la camiseta esta temporada que la anterior. 40 millones al año durante cinco campañas por lucir WhaleFin, el logo de la ballena de la plataforma Amber Group, compañía del sector de las criptomonedas. Antes percibía 10 millones al año de Plus 500. Un salto exponencial. Entretanto, cierra también el ‘naming right’ del estadio con Civitas, empresa extremeña que acompañará al apellido Metropolitano tras acabar la etapa de Wanda en el club. La gestión del verano en las oficinas se antoja impecable con esos números. Y aún así, el Atlético no para de subir montañas. Las fichas de los futbolistas top les obliga a estar alerta de forma permanente a Enrique Cerezo y a Miguel Angel Gil. El esfuerzo es hercúleo.
Atemperan los nuevos contratos el impacto de asumir salarios inesperados de Saúl y Morata, pero el asunto es que esta carrera por sacar petróleo no tiene fin en general en los clubes. No hay manera ni consenso de parar la espiral de inflación salarial, que lleva al FC Barcelona y a Joan Laporta a vender derechos futuros audiovisuales para no perder comba y armar una plantilla que no se descuelgue de la lucha por el título en Navidad.
Loable su persuasión por mantener viva la llama del entretenimiento y de ser capaces de construir un equipo competitivo, con el impulso de Mateo Alemany. LaLiga controla el gasto con rigor y en un paisaje nublado, la eficacia y sobriedad de los clubes es encomiable para equilibrar las cuentas de un sector con remuneraciones desatadas.
Y los salarios exponenciales de los futbolistas, ¿Quién los frena? Cuando alguno se besa el escudo, posiblemente debería acordarse también de si podía haber hecho algo por su empresa cuando la ve arruinada por haber pagado salarios salvajes, sin ningún rubor, aprovechando la ansiedad y presión de muchos presidentes y CEOs que se ven entre la espada y la pared por dar felicidad a sus abonados.
Hay profesiones que requieren en la calle llevar uniforme. Por eso, para no ser igual que el de al lado, se diferencian muchas veces en las gafas. La marca, el precio de las gafas, de un complemento que es distinto al de su compañero o compañera, les hace diferentes. En el fútbol, salvo el portero, todos visten igual. Se diferencian en las botas y en los tatuajes, apuntes que les dan un aire de exclusividad, de pertenencia a otra estirpe. Y todos los entendemos, son chavales jóvenes, a menudo asilvestrados, que comienzan a entender la vida a partir de los 30, pero que deberían entender que su carrera no consiste en correr como locos por ser el más snob. Y por supuesto, entender que en situaciones de turbulencias, deben echar una mano a sus empresas.
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