Igual que se ganó en Portugal, se cayó el pasado sábado en La Romareda ante Suiza. A esto nos tenemos que acostumbrar, a seguir las directrices de un conjunto donde gobierna la irregularidad, incluso dentro de la secuencia del mismo partido. Porque España ha mostrado dos caras a menos de dos meses antes de presentarse en el Mundial. Pero también ha demostrado entereza, orgullo y resiliencia para no rendirse nunca ante adversarios que se exhiben en mejor estado. El resultadismo que prolifera en este fútbol ha vuelto a reinar, aunque merezca un fuerte aplauso la reacción desde el banquillo, con un plan ejecutado a la perfección y con unos cambios que envalentonaron a unos futbolistas que nunca hincaron la rodilla pese a verse acogotados en determinadas fases del duelo.
Para Luis Enrique, defender es lo que mejor sabe hacer España, reflexionó para aislar de las críticas a sus hombres. Pero ciertamente algo no le encajó cuando entregó a la UEFA la citación ante Portugal con las ausencias del cincuenta por ciento de la zaga titular que se midió a los helvéticos. Azpilicueta y Eric García pasaron del césped al graderío cuando se trataba de administrar esfuerzos frente a la final de Braga. Tampoco encajó bien la pieza de Guillamón, gestado como zaguero en sus inicios y ahora reconvertido como centrocampista. Incluso, no utilizó a Diego Llorente como recambio y se la jugó aprovechando la versatilidad de Rodri, a quien ubicó como defensa central junto a Pau Torres en el segundo tiempo. Las ausencias de Laporte e Iñigo Martínez rompen el molde preferido del seleccionador, pero la prueba del mediocentro del Manchester City terminó resultando redonda. Y es que al técnico le salió todo. Como la frescura que aportaron Gavi y Pedri a la salida al campo o los explosivos minutos finales de Nico Williams, que se ha ganado billete para Qatar.
Luis Enrique es genio y figura porque cuenta entre sus aptitudes más optimas lejos del césped la de manejar el discurso para apropiarse a su parecer del debate, diferente a aquel que se plantea en los medios de comunicación. Él controla y selecciona sin miramientos el relato a su conveniencia, ubicándose de escudo frente al rigor de la crítica. El espejo en el que se refleja es el de Javi Clemente, aquel seleccionador de finales del siglo XX que se lanzaba a pecho descubierto colocándose como alfil frente al Periodismo, esencialmente para que los dardos no alcanzasen a los jugadores. Con un aire más modernista se sitúa el actual técnico de España, capaz de desafiar a cualquier plumilla ante cualquier tema. Eso sí, denota una diferencia notable respecto a cómo se movía el entrenador vasco: se examina sin bandos mediáticos porque la Prensa no ha logrado dividirse entre leales seguidores y disciplinados opositores. Sencillamente, los defensores de su presente se aíslan frente al eje común que aún recuerda el pasado madridista, y después barcelonista, que ha provocado que los espectadores partan el todo en dos partes. Clemente dividió por oyentes según el medio que escucharan, mientras que el asturiano ha movido ficha en función de las aficiones.
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Portugal-España: Un billete a la 'Final Four' como premio a la valentía (0-1)

De infausto recuerdo queda en el recuerdo el torneo de Rusia de hace más de cuatro años. Un histórico de nuestro fútbol se comió injusta y lamentablemente un marrón de difícil explicación. La salida inflamada de Lopetegui, posterior al pacto o la falta de palabra entre Rubiales y Florentino según ofrecen su versión uno u otro para llevarlo al banquillo del Real Madrid, provocó la reacción airada del dirigente federativo que decidió cortar por lo sano destituyendo unos días antes del estreno al seleccionador. Armado con más paciencia, pese al acoso general de la presunta corrupción que se viste desde el fuego familiar, el presidente se ha tomado con disciplina militar las largas de Luis Enrique a renovar su contrato antes de viajar al Medio Oriente. Para evitar otro follón, al entrenador se le ha permitido aguardar al final del torneo para sentarse y negociar o no su continuidad. En condiciones normales, se le habría presionado, pero conocedor de la fuerte personalidad del técnico se ha optado por la prudencia y la calma. Nadie mejor que la cúpula dirigente es sabedora de que como pararrayos Luis Enrique no tiene precio. Porque el actual mandamás deportivo se ha convertido en el rostro más saludable de una institución en llamas.
De cara a Qatar, a poco más de cincuenta días para arrancar el campeonato, la Roja da muestras de irregularidad, aunque los resultados le han ido acompañando hasta esta última cita. Pero las tinieblas aparecen ante la ausencia de un once fijo que se memorice; con un portero Unai Simón que no termina de romper en confianza y que alterna luces con oscuridad; una zaga que es un vaivén con la sombra de Sergio Ramos todavía planeando en el horizonte mediático; un centro del campo más que prometedor, pero excesivamente imberbe; la falta de carisma de un goleador, con Morata marcando día sí y día también; y a la espera de quizá el mejor delantero, Ansu Fati, cuya situación médica no acaba de despejarse ni en su club ni en la Selección. Con todo, este joven grupo merece la oportunidad de confiar en ellos. Más allá de cómo se entienda a Luis Enrique y las discutidas decisiones que acomete, el técnico es un reflejo de una nación fraccionada que demuestra coraje, valentía, pundonor y arrojo. La personalidad del técnico califica con ingenio para dirigir con capacidad a estos chicos. No es un grito ciego para el desierto, es apostar sin fisuras por un plantel capaz de darnos una alegría. Porque ganar ya sería la bomba.
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