En el Chrysler 300C todo es a lo grande. No se ha escatimado en nada, ni por dentro, ni por fuera. Más de cinco metros de largo y unas proporciones enormes para un coche que deja bocas abiertas cuando pasa y que una vez dentro compruebas que no todo es fachada.
Pero antes de pasar al interior de un exuberante habitáculo, en el que no falta de nada, hay que recrearse con el exterior. Una gran parrilla cromada preside un frontal que impresiona por su contundencia y solidez, no exenta de belleza. La marca estadounidense opta por la "elefantiasis" a la hora de solucionar cualquier problema y el resultado es brutal.
Pruebas
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17/08/2006 A LAS 18:35
Las ruedas, casi de todo terreno, lucen unas llantas igual de impresionantes. Tan grande, tan pegado al suelo, tan macizo, tan americano. Es un coche sin medias tintas, de gran calidad, y donde se prima por encima de todo la comodidad. Es aquí donde aparece el gran "pero" del coche, que no es otro que unas suspensiones blandas en exceso, que hace que el paso por curva de toda su carrocería no sea el mejor del mundo. Seguramente este punto será revisado en próximas versiones, porque parece el único detalle que se debería retocar en un coche poco usual para los tiempos de austeridad que corren.
El doble escape trasero anuncia bien a las claras que aunque estemos hablando de una mecánica diesel, son 218 caballos los que tenemos disponibles bajo el capó, y que aparecen en cuanto los llamemos, gracias a una caja de cambios automática denominada "AutoStick", de cinco relaciones, que es una delicia en su funcionamiento. En todo momento se transmite la sensación de poder, y a pesar de que el peso de este mastodonte se acerca a los dos mil kilos, el propulsor Mercedes los mueve con una solvencia casi increíble.
Pero pasen, pasen, tomen asiento, y empiecen a recibir estímulos de los mil y un artefactos electrónicos que uno a uno terminarán por hacer de un simple traslado de un punto a otro un auténtico viaje de placer. Es imposible enumerar todas las delicias que este Chrysler nos reserva, antes incluso de sentarnos en unos asientos que se adaptarán a nuestro perfil y nos acariciarán con su ligero cuero.
El sillón -digo sillón y no asiento- y el volante se regulan automáticamente a la posición deseada y memorizada previamente por el conductor. Es sólo el primer aviso de modernidad de un habitáculo que respira tercer milenio allá donde mires. Ordenador de a bordo, radio con 6 CD's, velocidad de crucero, regulación de la posición del acelerador, retrovisores automáticos y antireflejantes, techo corredizo, freno de estacionamiento, sensor de aparcamiento, información de la presión de ruedas en pantalla, asientos calefactables... la mayoría de los dispositivos, incluso, hábiles desde el mismo volante, también hay que decirlo, tan gigante y de desmedidas propociones como el resto del coche.
Pero todo esto casi no es comparable a la sensación de espacio y amplitud de que disponen los afortunados que puedan disfrutar de este salón rodante. Es increíble lo que pueden dar de si cinco metros. Los asientos son confortables a más no poder y las piernas no encontrarán obstáculos a no ser que te estires hasta buscar los límites de tu propio cuerpo. En cuanto a huecos para objetos, la guantera no es gran cosa, pero a cambio tiene debajo del apoyabrazos central un espacio de considerables dimensiones.
A la sensación de desahogo, comodidad y amplitud, hay que felicitar a Chrysler porque a la hora de aislar también han hecho un gran trabajo. A velocidad de crucero prácticamente es imposible escuchar el ruido del motor, y eso siempre ayuda a que los viajes largos sean menos largos. Está claro que no es un coche para carreteras viradas ni para aparcar con facilidad, aunque en las primeras se busca las habichuelas y resulta efectivo, pero para viajar por autopista como un señor y buen firme hay pocos que puedan igualar al 300C. Además, conviene ser consciente del peso del coche y anticipar la frenada para no llevarse sustos innecesarios.
Sin embargo, para "rematar" el interior, quizá haya que echar en cara al fabricante que algunos detalles de diseño y de disposición de los distintos elementos nos recuerde constantemente que estamos dentro de un "coche americano". Las esferas en verde, la combinación de metales y maderas, o hasta el mismo color gris claro de la tapicería o la forma de la palanca de cambios, te hacen saber que estás en un coche que compite con las berlinas alemanas a base de genuino sabor del otro lado del charco.
Entrando ya hasta en el último detalle, sería deseable que el ordenador de a bordo tuviera la información del consumo instantáneo, aunque la posibilidad de regular mil apartados con un simple botón parece hasta surrealistas. Salvo esto es un coche que lo tiene todo, no falta de nada y que da una imagen y una representatividad que es difícil no sentirse alguien importante dentro de este coche. A la última en tecnología, salvo el ya mencionado paso por curva y su balanceo, no tiene que envidiar a nada ni a nadie.
En la versión probada sólo la ausencia del navegador y la imposibilidad de montar un cambio manual nos hacen pensar que alguien pueda decantarse por otra opción en el mercado.
Con la mano en el corazón
No hay vuelta de hoja: por menos de 40.000 euros es difícil encontrar en el mercado algo siquiera parecido a lo que nos ofrece este Chrysler. Después de una semana disfrutando de su suavidad de marcha, de su confort, de todos sus gadgets... es difícil pensar que la competencia, a corto plazo, saque un rival a la altura, y nunca mejor dicho lo de la altura, de este coloso sobre ruedas que dará muchas satisfacciones a sus afortunados poseedores.
Un coche para...
el auténtico amante de las cuatro ruedas. Para el que le guste el detalle, la última tecnología y disfrutar de cada centímetro de asfalto. También para el que le gusta sentarse en el sillón del salón de su casa a leer o a ver la tele, porque es el mismo placer que sentirá en el sillón de cuero a los mandos de un vehículo de gran talla, se mire por donde se mire.
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