La tierra batida sigue siendo coto privado de Nadal y tras un paso algo timorato en Monte Carlo, entendible dada su falta de ritmo de competición donde dejó destellos, pero donde acabó perdiendo ante Andrey Rublev en los cuartos de final, su prestación en el Real Club de Tenis de Barcelona ha sido de menos a más, llegando a su culmen en una final donde ha vuelto a vestirse con el traje de las grandes ocasiones para doblegar al jugador del momento, Stefanos Tsitsipas.
Nadal llega en su mejor momento del año a Madrid, un torneo de tierra que, debido a la altitud de la capital española, se diferencia del resto por una mayor velocidad de bola y un juego que beneficia a los tenistas más agresivos. Precisamente si hay algo en lo que ha mejorado Rafa en su semana en Barcelona es en eso, la agresividad y el ritmo de juego. Dubitativo ante Ivanska, con problemas frente a Nishikori, los cuartos ante Norrie, las semifinales con Carreño y sobre todo la final, nos dejan un tenis muy reconocible del balear de cara a reiniciar otra reconquista, la de la Caja Mágica, donde no gana desde el año 2017.
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Además, llegará nuevamente instalado en el segundo escalón de la clasificación de la ATP, después de que hubiera perdido esa posición frente a Daniil Medvedev. Poco ha durado la situación, aunque poco le importe a un tenista que nada tiene que demostrar al mundo con 87 títulos a sus espaldas. El rey de la tierra batida ha encontrado en dos semanas el ritmo de competición que le permite defender su reinado, lo que llena de optimismo ante los tres torneos que le quedan en la temporada de arcilla, Madrid, Roma y, sobre todo, Roland-Garros.

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La irrupción con fuerza de Nadal en el circuito, donde ha dejado claro que está a pleno rendimiento, coincide con el bajón de Novak Djokovic, el número uno del mundo, que vio interrumpida su racha de victorias y no ha dejado buenas sensaciones en sus dos torneos de tierra batida. En Monte Carlo cayó contra todo pronóstico ante Daniel Evans, en Belgrado, fue Aslan Karatsev el que salvó 23 bolas de rotura para eliminar al ídolo local. El serbio incluso ha dejado caer su duda sobre si jugar en Madrid, antes del objetivo principal, que sigue siendo el segundo Grand Slam del año.
Rafa ha vuelto a demostrar que su hambre de victorias y su fortaleza mental siguen intactas. En la final frente a Tsitsipas se encontró con un break de desventaja en el primer y el segundo set, y fue capaz de rehacerse. Desaprovechó dos bolas de partido en el segundo parcial y salvó una en contra en el tercero y no dejó de creer. La fe tuvo su premio y consiguió el título, salir de Barcelona con la moral por las nubes y demostrar que el reinado del balear en tierra batida está más vigente que nunca.
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