Sabíamos que el Miami Open 2021 iba a tener un final inesperado en su vertiente masculina, pero nunca pensamos que esta idea llegaría tan lejos. Hubert Hurkacz, hace una semana fuera de los 35 mejores jugadores del ranking, fue el encargado de recoger el título de campeón en la ceremonia de trofeos, demostrando que el circuito ATP se dirige poco a poco hacia una nueva dimensión. Nos hemos preguntado una y otra vez quién cogerá el testigo del Big3 cuando éstos ya no sigan en activo y la verdad es que la respuesta es cada vez más incierta. Demasiadas candidaturas, demasiado talento, más los que todavía faltarían por sumar, como el de Hurkacz. ¿Se adentrará el circuito masculino en una dinámica similar a la del circuito femenino? De momento, en Florida esta semana ganó Ashleigh Barty, la número 1 del mundo, cumpliendo todos los pronósticos y haciendo feliz a todo aquel que tiró una quiniela.
Pero hoy no toca hablar de Barty, a quien ya conocemos a la perfección. Esta vez el escenario principal lo ocupa un polaco de 24 años que ya venía avisando estos últimos meses sobre su potencial. Ya solo con ver sus dimensiones volvemos a chocar con el clásico perfil de tenista moderno: gran servicio, estatura cercana a los dos metros, golpes firmes por ambos lados de la raqueta gracias a sus palancas y una cierta tendencia a caminar hacia delante, aunque sin agobiar a la red. Un patrón que coincide con los Zverev, Tsitsipas o Medvedev, tres hombres condenados al éxito y que ya llevan un tiempo toreando en grandes plazas. Pues con Hubert encontramos un caso similar, aunque de una eclosión más tardía. Como curiosidad, lo que más llama la atención es lo que hace cada vez que golpea la bola, algo tan espontáneo como cerrar los ojos. “Lo llevo haciendo toda la vida, aunque sé que si los mantuviera abiertos sería mucho mejor”, explicaba el de Wroclaw en una conferencia durante el torneo.
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Jugar con los ojos cerrados, una expresión muy del tenis profesional. Ya saben, cuando todo funciona a la perfección, cuando la dinámica acompaña, cuando no hace falta ni pensar, porque todo sale a la primera. Sin embargo, no todo resulta siempre así de sencillo, aunque Hurkacz haya firmado esta vez una auténtica locura: inclinar a Raonic, Shapovalov, Tsitsipas, Rublev y Sinner en menos de diez días. Todos ellos buscaban en Miami la conquista de su primer Masters 1000; todos ellos tendrán que seguir esperando. Mientras tanto, en el banquillo de Hubert, un estadounidense ilustre sonreía bajo su mascarilla y sus gafas de sol. El célebre Craig Boynton, técnico norteamericano que moldeó en su momento a figuras de la talla de Jim Courier, Mardy Fish, James Blake, John Isner, Sam Querrey o Steve Johnson. Uno de esos currantes que se encargan de mejorar y hacer crecer el tenis local, solo que esta vez se ha saltado la norma. Por primera vez se ha puesto a los mandos de un europeo, demostrando que las banderas no guardaban ningún tipo de relación con su éxito. Aquí lo importante es el nivel del jugador y la inspiración que le pueda ofrecer su entrenador. Ahí es donde Boynton ha jugado bien sus cartas, enseñándole a Hurkacz el camino hacia el éxito gracias al trabajo constante, una estructura sólida en pista y una buena dosis de paciencia.

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“El de hoy ha sido uno de los mejores partidos que jugué en mi vida, aunque estuve muy sólido durante todo el torneo”, afirmó el nuevo Nº16 del mundo tras levantar el título en Miami, el segundo que conquista esta temporadas tras el ATP 250 de Delray Beach. “He sido capaz de pasar cada ronda sin perder en ningún momento la emoción. Haber vivido un torneo así es muy especial para mí. Noto que mi tenis está mejorando, estoy trabajando duro con mi entrenador, estamos muy contentos de lo que ha sucedido aquí. Todavía tenemos que mejorar algunas cosas, pero para eso está el día a día. Necesito ir paso a paso, ser la misma persona cada día y tratar de mejorar constantemente. Los otros chicos también están trabajando para mejorar, así que yo debo hacer lo mismo si quiero vencerlos”, aseguró el diestro.
La influencia de Swiatek
Por si faltara algo, toda buena historia se remarca con unas raíces exóticas. Porque no es Polonia, ni mucho menos, un país que genere demasiados campeones en este deporte. Rápidamente saltarán nombres antiguos como el Wojtek Fibak, otros más recientes como el de Agnieszka Radwanksa, otros olvidados como el de Jerzy Janowicz, o quizá otros de modalidad distinta, como el de Lukasz Kubot. Pero no cabe duda que ahora mismo, al escuchar Polonia, el primer rostro que nos viene a la mente es el de Iga Swiatek, la última campeona de Roland Garros. Fue precisamente en París, aunque Hurkacz no lo supiera, donde nuestro protagonista empezó a ganar el título del Miami Open. “Lo que hizo Iga en Roland Garros fue increíble. Creo que ese resultado nos hizo ganar confianza al resto, nos hizo creer un poco más en nosotros mismos, tanto a mí como a otros jugadores jóvenes polacos. Ahora realmente pensamos que es posible ganar los grandes títulos”, expuso Hubert ya con el trofeo en su poder. Ahora faltaría preguntarle a Swiatek de dónde sacó ella la inspiración para adueñarse de la Philippe Chatrier.

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