Varios momentos a lo largo de la semana en el ATP 500 de Pekín han evidenciado ese estado de gracia y madurez del que ha hecho gala Nadal en este torneo. El primero en su debut contra Lucas Pouille. Hasta dos bolas de partido tuvo que sacar adelante para no caer a las primeras de cambio contra un rival que ya le dio el susto en el US Open en el curso 2016. Pero el jugador que hace un año tuvo que renunciar al final de la temporada por una lesión en la muñeca, no es el mismo que lidera el ránking mundial con mano de hierro.
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El segundo punto de inflexión fue en cuartos de final, cuando pudo contra John Isner en el tie-break de la segunda manga, justo la especialidad del estadounidense, dejando el casillero de su rival, uno de los mejores si no el mejor sacador del circuito, en cero cuando el partido estaba completamente en juego. Otra demostración de temple y madurez propia de todo un número uno.
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Contra Dimitrov vivió su segundo set en contra en todo el torneo, después de haber controlado con maestría el inicio de un choque que se complicó en exceso, pero que nuevamente acabó cerrando en el tercero con claridad consiguiendo su pase a la gran final. 6-1 que le llevaron un paso más cerca de un título que se iba a jugar contra Nick Kyrgios, después de que el australiano mostrara un gran nivel derrotando a Alexander Zverev.

Rafa Nadal

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La última muestra de esa madurez fue en la gran final precisamente. El australiano entró con todo, y en 20 minutos solamente se habían disputado tres juegos. Pero una decisión de Mohamed Lahyani, juez de silla del encuentro, sacó a relucir el carácter del joven tenista. Kyrgios acabó por perder los nervios lo que le convirtió en un jugador todavía más imprevisible de lo que es de por sí.
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Pero ni por esas afectó a la sobriedad y el saber estar de un Rafa Nadal que no se contagió del humor de su rival, cerrando por la vía rápida (6-2 y 6-1) una final que rompe con su gafe asiático, que databa del torneo de Tokio en 2010, y que solamente contaba con otro torneo en su palmarés (Pekín 2005). Todo un número uno dentro y fuera de la pista, que se encuentra desatado y en plena forma para afrontar el final de temporada.
La próxima parada será en el Masters 1.000 de Shanghái, torneo que extrañamente todavía no se encuentra dentro de su ya extenso palmarés, al igual que el Masters 1.000 de París. Nuevos retos para la mente privilegiada del balear, que está demostrando en 2017, por qué es uno de los mejores tenistas que han pisado una pista en la historia. Una historia a la que todavía le quedan muchos renglones que añadir como demuestran los seis títulos ganados la presente temporada.
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