DJOKOVIC, AL ACECHO EN LA PELEA POR SER EL MEJOR DE LA HISTORIA
Por primera vez en mucho tiempo, un cuadro individual femenino de Grand Slam cumplió casi todas nuestras expectativas. Acostumbrados a la sorpresa, a lo inesperado, casi a lo imposible, el Open de Australia 2021 lo recordaremos como ese torneo donde lo imprevisible brilló por su ausencia. Desde los primeros días corría una fuerte tendencia al pensar que Naomi Osaka partía como una clarísima candidata la título, seguramente por encima del resto. No era la Nº1 del ranking, ni llegaba con un título bajo el brazo, factores que sí le sonreían a Ashleigh Barty. Sin embargo, viendo su historial reciente y entendiendo lo difícil que es frenarla en estas pistas cuando es capaz de ofrecer su mejor versión, apenas un par de partidos nos bastaron para confirmar que no estábamos equivocados. La rival más fuerte, aquella que todas querrían batir, era japonesa y tenía 23 años. Ni siquiera el riesgo de verse acorralada en los octavos de final ante Garbiñe Muguruza la empujó fuera del cuadro. Al revés, es posible que aquel día ganara el torneo.

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Porque ahora sí, ahora ya lo podemos confirmar. Esas dos bolas de partido ante Muguruza eran dos bolas de campeonato. Si Osaka escapaba de aquella calle sin salida, ¿qué más baches se podría encontrar? El renacer ante la española hizo que se olvidara de sus miedos y empezara a caminar como lo que es, una jefa. Con Hsieh le tocó ejercer de mala de la película, reflejando que cuando dos jugadoras se encuentran separadas por un abismo, el marcador no tiene por qué mentir. Luego con Serena se nos vendió como una final anticipada, pero ese partido ya se había jugado cuatro días atrás. Ni una leyenda en busca de su ansiado 24º Grand Slam pudo siquiera toserle a una versión iluminada de la nipona, quien se metía en una nueva final con toda la presión sobre sus hombros. Pero claro, esto es la WTA y hasta el último minuto hay que tener a mano el desenlace más loco posible. ¿Jennifer Brady campeona del Open de Australia? ¿Por qué no? Doce meses atrás nadie la vio venir a Sofia Kenin. Esta vez, sin embargo, se impuso la lógica, aunque lo que realmente se impuso fue el tenis. Ganó la mejor, de principio a fin, no hubo debate.

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Sin llegar a ser históricos, los registros que empieza a firmar Naomi son los de una jugadora que está construyendo las bases de lo que puede ser una trayectoria referente. Quizá no le alcance para convertirse en leyenda, pero sí para mirar al resto de chicas desde un palco aislado. Nos encanta todo lo que hace Osaka dentro de la cancha, sus golpes, su potencia, incluso su cara de susto en según qué situaciones del partido, pero si algo tuviéramos que destacar de su sistema es la determinación que muestra en los días donde el duelo es a vida o muerte. Cuatro semifinales de Grand Slam con sus respectivas finales, ocho partidos resueltos con ocho victorias para la pupila de Wim Fissette. Cuántos quisieran no jugar tan bien, no sacar tan fuerte, no ser tan popular… lo que fuera con tal de tener esa genética de campeona que, o se tiene, o no se tiene. Y a Osaka le sobra, aunque luego en un rueda de prensa se haga pequeñita, aunque parezca que se evapora delante de un micrófono. Cuando el escenario se viste de gala, cuando está en juego la historia, ella no sabe perder. Su determinación la ha llevado incluso a ser considerada como la heredera natural de Serena Williams, una invitación al suicidio teniendo en cuenta que la de Saginaw con 20 años ya contaba con cuatro majos, así que mejor no volvernos locos. Eso sí, en cuanto a publicidad e ingresos podemos decir que la superó hace tiempo.

Brady-Osaka: El Imperio de Naomi

Antes de precipitarnos y llevar está comparación con la menor de las Williams a un lugar que no procede, me gustaría rescatar una frase que nos regaló la japonesa justo después de clasificarse para la última ronda de este Open de Australia. Dos días antes de enfrentarse a Brady, esta afirmación nos dejó muy claro cuál es el cometido de la nipona en el circuito: “Cuando era más joven, puede que desde hace un par de temporadas, sentí que mi objetivo era hacer historia, como si tuviera un plan que llevar a cabo. Siempre soñé con ser la primera japonesa en levantar un título de Grand Slam, esa era la meta, pero luego aparecieron nuevas barreras que romper. Ver tu nombre escrito en torneos así siempre es muy especial, aunque ahora siento que recorro este viaje con un propósito distinto”. Cuanto menos, enigmático. ¿Para qué juega Osaka? ¿Para quién? ¿Lucha por superarse a sí misma, o para superar a todas las demás? Qué suerte que con el paso de los años, no solamente ha mejorar su tenis, sino también su forma de expresarse, aunque a veces resulte un tanto misteriosa.

El impresionante juego de pies de Osaka para ganar un puntazo

Sea o no su intención, lo que ya está consiguiendo es imponerse dentro de un vestuario que venía pidiendo a gritos una figura en la que apoyarse, una jugadora eficaz y fiable en los eventos más importantes del calendario. Una líder dentro y fuera del tablero. Para que me entiendan mejor, una Serena Williams. Aquí es donde entramos de lleno en una comparación que resultaría injusta para cualquiera, por eso la estudiaremos desde una perspectiva concreta. Naomi jamás será como Serena, ni alcanzará sus números, ni mucho menos su vigencia, pero eso no es ningún problema. La japonesa, fanática absoluta de la estadounidense desde que era niña, no sueña con superar los registros de su ídolo, aunque sienta que por sus venas corre el mismo espíritu invencible. Naomi lo que quiere es su trono, la corona con que ha sido cabeza visible y matriarca de un circuito en los últimos veinte años. Osaka quiere que cuando la gente piense en WTA, piensen en ella. Ahí está su foco, en ser la mejor jugadora del mundo durante todos los años que permanezca en activo. Y si luego esto la lleva a cambiar la historia, bienvenido sea.

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