El argentino Juan Martín del Potro, presente por primera vez en su carrera en la final de un Grand Slam, derribó el absolutismo del suizo Roger Federer, número uno del mundo y vencedor de los últimos cinco Abiertos de Estados Unidos.
Del Potro, convertido ya en el quinto jugador más joven de la historia que conquista el último Grand Slam del curso, entre nombres como los estadounidenses Pete Sampras, Andre Agassi, John McEnroe o el ruso Marat Safin, reverdece los mejores momentos del tenis sudamericano. El reflejo de Guillermo Vilas, el único en vencer en Nueva York, en 1977.
Del Potro pagó de inicio su inexperiencia en una final. A la que entró como novato. Un escalón más para una raqueta que ha tomado impulso, plagado de condiciones. Pero afrontó el choque mediatizado ante un adversario que transita por este escenario a su antojo. Era la vigésima primera cita con un título para Federer.
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El semblante del tenista de Tandil, el octavo más joven en la historia del Abierto de Estados Unidos en buscar el éxito, nada tenía que ver con el talante y el desparpajo que mostró frente al español Rafael Nadal en la víspera. No soltó el brazo hasta bien entrado el partido. Y en los momentos cumbre decayó. Como en el tramo final del tercer set. Cuando al saque regaló el parcial a su rival con dos dobles falta consecutivas.
Mucho tenía que ver en eso los antecedentes. Las seis derrotas en seis envites que el argentino había sufrido ante Federer. A pesar de que el equilibrio con la que hizo cara a la más reciente, en Roland Garros, reforzó su autoestima a pesar de la derrota.
Del Potro, lleno de dudas, tiró el primer parcial y ya no reapareció hasta el ecuador del segundo. Para entonces ya había dado un break al suizo, que circulaba con el viento a favor, como le gusta. Excesivamente sosegado, sobrado.
Del Potro asumió el cuerpo a cuerpo y su primera rotura del partido, en el décimo juego, con dos pases de derecha (5-5). Metidos en el desempate el sudamericano tiró de argumentos. Saque y diestra invertida, potente y a la línea. Ganó el set y alteró a su rival, que buscó justificaciones alrededor de la zona de juego.
Del Potro perdió definitivamente el respeto a su rival. No hubo ya muestras para la galería ni gratuitas escenas plásticas bendecidas por un contrario inexperto. Hubo miradas al juez y caras destempladas. Desconfianza.
En plena efervescencia, el tenista argentino empezó a jugar. Soltó el brazo y levantó el puño. Inclinó el partido a su favor. Pero cuanto más cerca lo tuvo, se desvió. Dos dobles faltas le condenaron a la derrota de la manga con Federer al resto. Le invadió la presión.
Federer, que afrontaba su séptima final consecutiva en un Grand Slam, recuperó el sosiego aunque su situación no mejoró. Su automatismo le traicionó cuando Del Potro tiró de heroica. Porque nunca se dio por vencido y obligó a la lucha a su rival, exigido a buscar alternativas más allá de la rutina. Soluciones en la red y desahogo con el saque.
El argentino, que nunca dio por perdido el partido, llevó a su rival al límite. Le arrastró al desempate del cuarto parcial, que tiró el partido hacia el set definitivo tras un 'tie break' que reflejó la frescura del argentino y la desesperación del rival.
Juan Martín del Potro se agigantó en el quinto set. De entrada rompió el servicio de Federer, errático con la derecha. Excesivamente fallón. Rehuido de los intercambios largos. El argentino se amarró a la situación. Única en su corta historia. El saque le dio tranquilidad mientras el trono del helvético se tambaleaba. Bajó los brazos el suizo, que se alejó de la gloria y de más récords, aún pendientes de batir.
Queda con cuarenta victorias consecutivas Federer, 2191 días sin conocer la derrota. A la orilla de los seis títulos consecutivos que no se alcanzan desde 1925, cuando Bill Tilden firmó aquella inigualable racha.
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