Hace tiempo que ganar un Grand Slam se volvió un objetivo asequible en el circuito femenino. Un logro que debería estar limitado solamente a unas pocas elegidas y que, sin embargo, se ha convertido en un premio al que optan las cincuenta mejores del ranking. Iga Swiatek, la última campeona de Roland Garros, levantó la copa siendo la número 54. ¿Acaso es tan común capturar un major estando fuera del top10? Hemos analizado lo acontecido en los últimos veinte años (2001-2020) y hemos encontrado 24 casos: siete de ellos en ATP y 17 en WTA
En el vestuario masculino, por ejemplo, de los siete campeones de Grand Slam ajenos al top10 que se dieron en el presente siglo, seis de ellos lo hicieron antes de 2005. Es decir, antes de que comenzara el bipartidismo entre Roger Federer y Rafael Nadal, al que luego se uniría Novak Djokovic. El denominado BIG3 se ha encargado de que haya poquitas sorpresas cada vez que una fecha importante alumbraba en el calendario, dejando sin aire y alimento a todos aquellos perseguidores que soñaban con destronarles. El propio Federer se convirtió en revelación en 2017, protagonizando el séptimo caso, cuando salió por la puerta grande de la Rod Laver Arena siendo Nº17 mundial. Un balance de 7/79 (79 Grand Slams disputados este siglo y solo 7 ganados por hombres de fuera del top10) que nos deja claro que para dar la sorpresa en un Grand Slam prácticamente necesitas un milagro.
  • 2001 Wimbledon - Goran Ivanisevic (#125)
  • 2002 AusOpen - Thomas Johansson (#18)
  • 2002 Roland Garros - Albert Costa (#22)
  • 2002 US Open - Pete Sampras (#17)
  • 2004 Roland Garros - Gastón Gaudio (#44)
  • 2004 US Open - Marin Cilic (#16)
  • 2017 AusOpen - Roger Federer (#17)
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Imagínense ahora el Nº22 del mundo (Félix Auger-Aliassime), el Nº44 (Jannik Sinner) o el Nº125 (Ilya Ivashka) dando la campanada en Londres, París o Nueva York. Imposible de pensar. Que se lo pregunten a Dominic Thiem, las finales que tuvo que perder siendo top10 antes de acariciar por fin su primer éxito con los 27 años ya cumplidos. Todo se ha ralentizado, las estrellas llegan mucho más tarde y los veteranos están originando un tapón dentro del vestuario que se ha dejado en la cuneta a varias generaciones. Y lo más importante, ha fulminado ese factor sorpresa que antes emocionaba al espectador cada vez que encendía el televisor. Así es la nueva realidad.
En cuanto a las chicas, sin llegar a ser una ruleta rusa, pero es evidente que existe más variedad y candidaturas de cara a los grandes títulos. Aunque no siempre fue así. Si miramos los resultados de estos últimos veinte años, es normal que alguna vez se cuele una invitada inesperada, pero la tendencia nos dice que cada vez es más habitual. De hecho, si miramos qué mujeres ganaron Grand Slams hasta 2009, encontraremos solamente a ex números 1 del mundo que bajaron de ranking (por la razón que fuera) y que luego retomaron su escalada reinando en las grandes plazas. Es a partir de 2010 donde se empieza a intuir una dinámica completamente distinta.
  • 2001 AusOpen - Jennifer Capriati (#14)
  • 2004 Wimbledon - Maria Sharapova (#15)
  • 2005 Roland Garros - Justine Henin (#12)
  • 2005 Wimbledon - Venus Williams (#16)
  • 2007 AusOpen - Serena Williams (#16)
  • 2007 Wimbledon - Venus Williams (#37)
  • 2009 US Open - Kim Clijsters (#)
  • 2010 Roland Garros - Francesca Schiavone (#17)
  • 2013 Wimbledon - Marion Bartoli (#15)
  • 2015 US Open - Flavia Pennetta (#26)
  • 2017 Roland Garros - Jelena Ostapenko (#47)
  • 2017 Wimbledon - Garbiñe Muguruza (#15)
  • 2017 US Open - Sloane Stephens (#83)
  • 2018 US Open - Naomi Osaka (#19)
  • 2019 US Open - Bianca Andreescu (#15)
  • 2020 AusOpen - Sofia Kenin (#15)
  • 2020 Roland Garros - Iga Swiatek (#54)
Digamos que Serena Williams ha sido la mujer que más ha dominado el circuito en los últimos tiempos, y que su descenso de nivel competitivo en las grandes citas ha abierto la puerta a que nombres como Ostapenko, Stephens, Andreescu, Kenin o Swiatek hayan logrado firmar el días más feliz de sus carreras cuando nadie contaba con ellas. Pese a todo, llama la atención lo sucedido en las últimas cuatro temporadas, con varias narrativas fantásticas haciéndose realidad y dinamitando el vestuario WTA. En total queda un balance de 17/79 en esta recolecta de Grand Slams levantados por jugadoras que no eran top10 en ese momento, un índice bastante superior al de los hombres.
Sin querer entrar en el debate de qué es mejor y qué es peor –tema totalmente subjetivo del que no se puede extraer ninguna verdad universal– no podemos ocultar que algo está pasando en la WTA. Vale que exista más variedad, pero nunca estuvo tan abierto el panorama como en la actualidad. ¿Es verdad que hay más nivel? Desde luego pero, ¿dónde están las dominadoras? Los años de Evert y Navratilova, el imperio de Graf, el momento de Arantxa, Seles, Davenport, Pierce o Hingis. Esas jugadoras lideraron de manera clara en su generación mostrando pocas lagunas, rara era la vez que las veíamos caer antes de los cuartos de final. Por historia, los libros dicen que en algún momento todo volverá a la normalidad, que volveremos a tener referentes que luchen por la historia. De momento, seguiremos disfrutando de ambas estructuras. En ATP, la película de cada semana; en la WTA, el estreno de cada mes.
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