El entorno de Nadal era manojo de nervios. Lo que en condiciones normales sería un mero trámite para el siete veces campeón de Roland Garros, se convirtió en un acontecimiento en el que millones de ojos escrutaban las rodillas del balear.
Dudas. Nervios. Algo de indecisión en los primeros compases y sobre todo falta de ritmo. Lo esperado. Al balear se le notó algo lento en sus movimientos. Un poco pesado. Aunque generoso en el esfuerzo y con una predisposición sobre la pista que fue más que suficiente para imponerse a un rival muy inferior.
Saltaron las alarmas en un arranque de partido donde el mallorquín se encontró con un 2-0 en contra. Una situación que revertió con cierta solvencia gracias en parte a los errores de Delbonis y a la experiencia de un tenista que fue de menos a más. Pese a todo. Se hizo raro.
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No deja de ser extraño ver a Nadal celebrando puntos, puño en alto, ante el número 128 del ranking mundial. En realidad, Nadal estuvo todo el partido buscándose a sí mismo. Y es cierto que le vimos. Aunque a medias. A él, y a esa rodilla izquierda protegida por un doble vendaje compresor. Que sí cumplió. Cumplió en el día en el que sólo había que cumplir.
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