Nacho y Militao eran suplentes indiscutibles. Ahora son titulares sin complejos. Los grandes entrenadores siempre dejan un legado. Y Zinedine Zidane va camino de inventarse una pareja inesperada, dos centrales que venían de vectores diferentes. Nacho, con una hoja de servicios intachable. Y Militao, con el mismo 3 brasileño a la espalda que paseó Pepe con orgullo antes en el Real Madrid, pero sin despertar confianza hasta la fecha.
Juntos, fundieron al Liverpool. Y dan ya al bloque bajo de Zidane el fuste de máximo favorito para conquistar la decimocuarta Copa de Europa. Su rival, el Chelsea, quinto en la Premier, a veinte puntos del líder, el City, le espera en semifinales.
High level. Textual. Ese es el vocablo clave, el que empleó Jürgen Klopp en su charla. Alto nivel defensivo exigió Klopp a su equipo antes de salir al césped de Anfield. Era la única receta para competir y mirar la cara al Real Madrid. Pero hubo en su jerga, un 'Low profile', un perfil muy bajo en la ida y eso le pasó factura al Liverpool. Todo el año sin Van Dijk, sin Joel Matip -el gigante que ayudaba a Raúl en el Schalke 04 a sacar petróleo en el juego aéreo en los córnes- y sin Joe Gómez. Ese vacío invitó a ver al Liverpool en el alambre desde el inicio de la eliminatoria. Kabak y Philips, nada que ver con los titulares de verdad en el centro de la defensa. Todo lo contrario en el Madrid. Nacho y Militao, en cambio, sí dieron el nivel supliendo a Sergio Ramos y a Varane.
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En el angosto vestuario del antiguo Liverpool - el de Rafa Benítez-, justo detrás de la puerta había un cartel que reivindicaba el trabajo en equipo. Team Work, rezaba el titular en mayúscula de un texto, que decía así: 'Coming together is a beginning. Keeping together is a progress. Working together is a succes' -Reunirse es un comienzo, mantenerse juntos es un progreso, trabajar juntos es un éxito-. Lo veían Jamie Carragher y Steven Gerrard en su época. Era una frase de Henry Ford, el empresario norteamericano que inventó la cadena de producción en factorías que sacaban coches a precios de calle. No fue el mejor día del trabajo en equipo para el Liverpool. Ni mucho menos. Aquel cartel pareció que sí lo leyó el Madrid. El Madrid de Zidane, de un entrenador, que sale por la puerta grande con su gestión admirable en el mes de abril.
Hace años, tras una noche de fútbol europeo ante el Real Madrid me senté en medio de ese vestuario del Liverpool. Tenía su aroma. Y su punto romántico. El nuevo vestuario de Anfield ahora tiene más glamour. Y menos mensajes en las paredes. Los pantones relucen con brillo y aquella metáfora de los asientos pegaditos y juntitos para hacerse más grandes y poderosos, como le gustaba a Xabi Alonso, pasó a mejor vida.
Toda la responsabilidad del Liverpool la asumió Salah, excelente y valiente pidiendo el balón siempre. Tenía Salah una asignatura pendiente ante el Madrid desde su lesión ante Sergio Ramos en la final de 2018 en Kiev. No pudo tampoco esta vez con un Madrid, que mira al banquillo y encuentra soluciones en todas las posiciones.
Da igual que caigan lesionados Carvajal y Lucas Vázquez que Zidane tira de Valverde -lesionado e infiltrado- y funciona todo igual. Los títulos comienzan a ganarse desde atrás. El poderío ofensivo, con Benzema, con Asensio y el resto, ya se les supone. Pero el gran descubrimiento, el que le puede dar el extra definitivo, es la firmeza de un rombo de obreros especializados que se abre con Courtois, sigue con Nacho y Militao, y que rebaña, Valverde y Casemiro. El Madrid, a tres partidos de un título.
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