A veces se usa la palabra fin de ciclo con demasiada vehemencia. En el mundo del fútbol, está a la orden del día. Y con Italia no iba a ser una excepción. Porque el pasado 13 de noviembre de 2017, tras empatar ante Suecia en la vuelta de la repesca para estar en Rusia, la palabra fin de ciclo y fracaso fue lo más repetido en la prensa italiana. La tetracampeona del mundo había tocado fondo quedándose fuera de su primera cita intercontinental desde 1958. Sin embargo, y pese a la exigencia de revolución de la plantilla de aquella noche negra en Milán, lo cierto es que la transformación de este equipo no ha sido tan evidente en nombres, sino que se ha basado en explotar y aprovechar el potencial que atesoraba la selección.
Dejando a un lado la marcha de jugadores muy veteranos como Buffon o Barzagli, lo más evidente ha sido la mejoría en el juego y el estilo. Todo ello de la mano de Roberto Mancini, un entrenador que brilló con el Inter y tuvo su momento de gloria en la Premier con el City, pero que ni mucho menos era el técnico más deseado por la afición italiana. Sin ganar un título desde 2014 y con pasos por ligas menores como Turquía o Rusia y la fallida vuelta al Inter, apostar por Mancini era una opción más que arriesgada para la federación transalpina.

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Sin embargo, el objetivo era claro. Acercarse al estilo de juego logrado en la Eurocopa 2012 y no perder la competitividad histórica de las raíces italianas. Además, los inicios no fueron del todo buenos, con resultados negativos en los primeros amistosos previos a un Mundial en el que no estaría Italia. Pese a ello, el equipo ‘azzurro’ mejoraría con el paso de los partidos, encontrando buenas sensaciones y resultados positivos. Principalmente, un tramo de once victorias consecutivas cimentado en el grupo de clasificación para la Eurocopa.
Los rivales, de poco nombre, y la prudencia de tener que demostrar la mejoría en partidos determinantes. Lo fue, por ejemplo la victoria en a domicilio ante Países Bajos, y aunque con problemas, el acceso a la Final Four de la Liga de Naciones. Desde entonces, una seña volvería a identificar a la selección italiana, la eficacia defensiva. Recibir pocos goles, piedra clave para los torneos importantes. Comenzando por la retaguardia construiría el camino del éxito el combinado de Mancini.

Una mezcla perfecta

Sin demasiados cambios, relevando en portería a la leyenda Buffon por el joven pero consagrado Donnarumma. La defensa, con la ausencia de Barzagli pero la confianza en Bonucci y Chiellini como piedras angulares del eje. Mejorando los carriles, en defensa de cuatro con las irrupciones de Di Lorenzo y Spinazzola, dos jugadores con aire fresco y complementarios a los centrales bianconeros. En el centro del campo, la clara apuesta por Jorginho, como ya sucedió ante Suecia en la repesca. Escoltado por dos talentos, Verratti y Barella. El futbolista del Inter como complemento perfecto a lo que ya venía probando Italia desde hace meses.
El cambio de sistema dio entrada a dos hombres que hubiera tenido poco protagonismo en el 3-5-2 de Ventura, como Insigne y Chiesa, aunque este último se tuviera que ganar la titularidad a base de golazos con Berardi o Bernardeschi. El nueve no cambiaba, confianza en un Immobile capaz de lo mejor y de lo peor, pero como clara predilección de Mancini. Seis cambios entre 2017 y 2021, pero sin volverse loco y manteniendo y reforzando el talento que ya se mostraba en épocas pasadas.

Federico Chiesa ha terminado de explotar esta temporada con Italia y la Juventus

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Nombres a un lado, la verdadera transformación italiana ha radicado en la mentalidad. Jugar bien, pero además no conformarse y buscar al rival cuando está contras las cuerdas. Encontrar el segundo gol después del primero, y el tercero después del segundo. Algo que se pudo ver al inicio de la Eurocopa, con el mejor equipo en juego de la fase de grupos. Pero es que Italia también ha sabido sacar su espíritu de toda la vida, el de agarrarse a los partidos cuando parece no estar y tener esa pizca de fortuna para levantarse de la lona.
La tuvo ante Austria cuando peor estaba, con la suerte de no caer con el gol de Aranautovic, anulado por el VAR tras haber sido concedido. Tuvo la capacidad de aguantar los arreones de Bélgica, y de soltarse con todo en el momento en el que los ‘diablos rojos’ dudaron. Después también apareció la fortuna de los penaltis contra España, cuando antes habían desarbolado por momentos a la selección española. Y ante Inglaterra, tras verse con el mazazo de recibir el gol más tempranero de una final de Eurocopa, ante un Wembley volcado contra ellos y con los fantasmas de anteriores finales, la capacidad de robarle el balón al combinado británico y empatar el partido donde siempre han destacado, en una jugada caótica tras un saque de esquina. Una mezcla entre la Italia de toda la vida y la evolución de la idea de progresar.
Un ejercicio de fe, trabajo y buen hacer que ha llevado a Italia de la más absoluta miseria a la más bendita felicidad. Porque el equipo que tocó fondo en 2017, se ha levantado en 1.366 días para hacer historia y lograr su segunda Eurocopa. Sin locuras, creyendo en el equipo y en los jugadores. Porque el fútbol siempre da revancha, e Italia lo ha demostrado.

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